Greetings, Holos Lotus team.
In my profession, I deal with words all the time. And I've learned that one of the biggest sources of conflict in human relationships isn't disagreement itself, but subjectivity. That gray area where each person interprets the same thing differently, and no one ever really knows what was said, asked for, or expected.
Subjectivity has its value. It allows for nuances, interpretations, and space for everyone to contribute something of themselves. But it also has a very concrete downside: when things aren't clear, each person fills in the gaps with their own assumptions. And those assumptions almost always favor us. We interpret the other person's words in the way that least challenges us. We remember what suits us. We forget what makes us uncomfortable.
In these cases, language skills are very helpful, both for interpreting correctly and for knowing when and how to say something, or leaving it open to each person's subjectivity.
I've had arguments where, in the end, there wasn't a real disagreement about the facts, but rather about what each person understood the other meant. And in those arguments, the strain is enormous because you never reach a common starting point. Each person starts from their own version of what happened.
That's why I've adopted a rule in my life, both personally and professionally: to be clear. No beating around the bush. No embellishments. No expecting the other person to guess what I mean. If something bothers me, I say so. If I have an expectation, I express it. If I need something, I ask for it directly.
This doesn't mean being blunt or insensitive. You can be clear with tact. In fact, tact is easier when you don't have to guess. Clarity isn't the enemy of good manners. It's their foundation.
In my work, when I receive a commission, I require that the conditions be put in writing. Not because I distrust the person, but because I know that memory is fragile and that what was obvious to me might not be to the other person. In my personal life, when I have a disagreement with someone important to me, I take the time to say exactly what I think, without ambiguity, and I ask the other person to do the same.
Subjectivity is comfortable in the short term because it allows us to avoid uncomfortable conversations. But in the long run, it's what poisons relationships. People don't separate because of the things they said clearly. They separate because of the things they left unsaid, or because of the things each person interpreted differently.
So I've opted for clarity. It's not perfect, because sometimes being clear means saying things the other person doesn't want to hear. But at least, when I finish a conversation, I know both parties know where they stand. And that, for me, is worth more than any false harmony built on assumptions.
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Saludos, estimados de Holos Lotus.
En mi oficio, manejo palabras todo el tiempo. Y he aprendido que una de las mayores fuentes de conflicto en las relaciones humanas no es el desacuerdo en sí, sino la subjetividad. Esa zona gris donde cada persona interpreta lo mismo de manera distinta y nadie termina de saber qué es lo que realmente se dijo, se pidió o se esperaba.
La subjetividad tiene su valor. Permite matices, interpretaciones, espacios para que cada quien ponga algo de sí. Pero también tiene un lado negativo muy concreto: cuando las cosas no están claras, cada persona llena los vacíos con sus propias suposiciones. Y esas suposiciones casi siempre nos favorecen a nosotros mismos. Interpretamos las palabras del otro de la manera que menos nos exige. Recordamos lo que nos conviene. Olvidamos lo que nos incomoda.
En estos casos, el manejo del lenguaje ayuda mucho, tanto para interpretar bien o para saber cuándo y como decir o dejar algo abierto a la subjetividad de cada quien.
He tenido discusiones donde al final no había un desacuerdo real sobre los hechos, sino sobre lo que cada uno entendió que el otro quiso decir. Y en esas discusiones, el desgaste es enorme porque nunca se llega a un punto de partida común. Cada uno parte de su propia versión de lo ocurrido.
Por eso he adoptado una regla en mi vida, tanto en lo personal como en lo profesional: dejar las cosas claras. Sin rodeos. Sin adornos. Sin esperar que la otra persona adivine lo que quiero decir. Si algo me molesta, lo digo. Si tengo una expectativa, la expreso. Si necesito algo, lo pido de manera directa.
Esto no significa ser brusco o insensible. Se puede ser claro con tacto. De hecho, el tacto es más fácil cuando no hay que estar adivinando. La claridad no es enemiga de la educación. Es su base.
En mi trabajo, cuando recibo un encargo, exijo que las condiciones queden por escrito. No porque desconfíe, sino porque sé que la memoria es frágil y que lo que para mí era obvio, para el otro quizá no. En mi vida personal, cuando tengo un desacuerdo con alguien importante para mí, me tomo el tiempo de decir exactamente lo que pienso, sin ambigüedades, y pido que la otra persona haga lo mismo.
La subjetividad es cómoda a corto plazo porque nos permite evitar conversaciones incómodas. Pero a largo plazo, es lo que envenena las relaciones. Las personas no nos separamos por las cosas que dijimos claramente. Nos separamos por las que dejamos sin decir, o por las que cada uno interpretó a su manera.
Así que he optado por la claridad. No es perfecto, porque a veces ser claro implica decir cosas que la otra persona no quiere escuchar. Pero al menos, cuando termino una conversación, sé que ambas partes saben a qué atenerse. Y eso, para mí, vale más que cualquier falsa armonía construida sobre suposiciones.




