Cuando la Violencia se vuelve Herencia

in Rant, Complain, Talk18 days ago

Publicado en Español, Inglés y Portugués.

Editado en PhotoCollage

La realidad actual nos envuelve en una atmósfera de violencia. Alguien aquí me dijo, que estaba de acuerdo con la violencia si eso era necesario para un fin.
Mi disenso es categórico en cualquier lugar o situación. Y créanme que hablábamos de muertos de por medio, de inocentes.

Hoy me trae a reflexión este tema que me carcome cada día, y sí, me siento impotente ante cada acto de barbarie.

La violencia no es un acto que termina cuando se apaga el estruendo. Es un latido que se propaga y lo sabemos. Decir que “la violencia genera violencia” no es un cliché moral, es una observación tan cierta como la gravedad de cada golpe, humillación o muerte injusta que siembra la tormenta que vendrá. Y los plazos son traicioneros porque puede ser mañana, en una década o en un siglo. Pero siempre vuelve.

Miremos las guerras, no estas de hoy que están consumiendo la humanidad y enterrándonos en vida. Por ejemplo en 1919, los vencedores de la Gran Guerra impusieron a Alemania un castigo tan asfixiante que no firmaron una paz, sino una tregua armada con pólvora y rencor. El Tratado de Versalles no solo empobreció a un país, lo humilló hasta la médula. Veinte años después, esa humillación se transformó en tanques cruzando Polonia. La Segunda Guerra Mundial no fue un accidente, fue la venganza de un pueblo al que se le enseñó que solo la fuerza borra la vergüenza, y lo hizo de la peor manera pues apoyaron a Hitler. Eso es la violencia a mediano plazo, cosechas lo que sembraste, pero con intereses de sangre.

Retrocedamos más. En la época de la esclavitud, el amo creía controlar con el látigo, pero cada espalda marcada produjo rebeliones silenciosas que estallaron en gritos, por ejemplo: la Revolución Haitiana no fue un capricho; fue la respuesta lógica a siglos de tratar seres humanos como bestias. Y cuando la esclavitud formal terminó, la violencia no desapareció. Se transformó en linchamientos, en leyes Jim Crow, en segregación. El racismo estructural de Estados Unidos hoy es el eco largo de cadenas y gasolina. Eso es violencia a largo plazo, la que se vuelve cultura.

Y llegando a lo más íntimo y más cruel, hablamos del maltrato a los niños. Un padre que golpea por “educar” está creando un adulto que aprende que el amor se negocia a golpes. Estudios como el ACE (Centers for Disease Control) son escalofriantes, estos revelan que un niño maltratado tiene el doble de probabilidades de ser un adulto violento. No porque sea malo, sino porque su cerebro se adaptó al modo supervivencia. El ciclo se repite pues el abusado de hoy será el abusador de mañana, o el que se autolesiona, o el que termina en una celda.

Y en esas celdas, la violencia se retroalimenta. Seguimos con historia, y hablamos de 1971. Nos vamos hacia la prisión de Attica en Nueva York la cual era un infierno de hacinamiento y palizas sistemáticas. Los presos, desahuciados, tomaron el control y mataron a guardias. La respuesta estatal fue una masacre, hubo 39 muertos. La comisión investigadora lo dijo claro: “la violencia de los reclusos fue una respuesta directa a la violencia institucional”. Y este panorama es el mismo de las cárceles en nuestra América porque se han convertido en escuelas del crimen. Un joven que entra por un robo menor y es violado y torturado sale convertido en sicario. La prisión en esas condiciones no rehabilita, fabrica monstruos. Eso es violencia a corto plazo, el motín de esta noche es la paliza del martes pasado.

No hay atajos. Si golpeas, criarás golpeadores y si humillas, cosecharás venganza. Lo mismo pasa si encierras sin dignidad, entonces recibirás bestias. La única forma de romper el eco es no dar el primer golpe. Tratar las heridas, no solo castigar los síntomas. Pero eso requiere valentía y hasta un poco de amor. Porque es más fácil llenar cárceles que construir escuelas. Es más fácil bombardear que negociar, como lo es pegar que abrazar.

Pero el eco, al final, no perdona.





ENGLISH



The current reality envelops us in an atmosphere of violence. Someone here told me that they agreed with violence if it was necessary for a goal.
My disagreement is categorical, in any place or situation. And believe me, we were talking about people dying, about innocent people.

Today I find myself reflecting on this issue that eats away at me every day, and yes, I feel powerless in the face of every act of barbarism.

Violence is not an act that ends when the noise fades. It is a heartbeat that spreads, and we know it. Saying "violence begets violence" is not a moral cliché; it is an observation as true as the gravity of every blow, humiliation, or unjust death that sows the coming storm. And the timelines are treacherous because it could be tomorrow, in a decade, or in a century. But it always returns.

Look at wars — not just today's wars that are consuming humanity and burying us alive. For example, in 1919, the victors of the Great War imposed on Germany such a suffocating punishment that they did not sign a peace treaty but an armed truce made of gunpowder and resentment. The Treaty of Versailles not only impoverished a country; it humiliated it to the core. Twenty years later, that humiliation turned into tanks crossing Poland. World War II was not an accident; it was the revenge of a people who were taught that only force erases shame, and they did it in the worst way, by supporting Hitler. That is medium-term violence: you reap what you sow, but with blood interest.

Let’s go further back. During slavery, the master thought he controlled with the whip, but every scarred back produced silent rebellions that exploded into screams. For example, the Haitian Revolution was not a whim; it was the logical response to centuries of treating human beings like beasts. And when formal slavery ended, violence did not disappear. It turned into lynchings, Jim Crow laws, segregation. The structural racism in the United States today is the long echo of chains and gasoline. That is long-term violence — violence that becomes culture.

Coming to the most intimate and cruelest form, we speak of child abuse. A parent who hits "to educate" is creating an adult who learns that love is negotiated through blows. Studies like the ACE (Centers for Disease Control) are chilling; they reveal that an abused child is twice as likely to become a violent adult. Not because they are bad, but because their brain adapted to survival mode. The cycle repeats because today’s abused will be tomorrow’s abuser, or the self-harmer, or the one who ends up in a cell.

And in those cells, violence feeds on itself. We continue with history, and we speak of 1971. Attica Prison in New York was a hell of overcrowding and systematic beatings. The prisoners, desperate, took control and killed guards. The state’s response was a massacre; 39 died. The investigative commission stated clearly: "the inmates' violence was a direct response to institutional violence." And this same scenario is true of prisons in our America, as they have become crime schools. A young person who enters for a minor theft and is raped and tortured leaves as a hitman. Prisons under those conditions do not rehabilitate; they manufacture monsters. That is short-term violence — tonight's riot is last Tuesday’s beating.

There are no shortcuts. If you hit, you will raise hitters. If you humiliate, you will reap revenge. The same happens if you imprison without dignity: you will receive beasts. The only way to break the echo is not to throw the first punch. Treat the wounds, not just punish the symptoms. But that takes courage and even a little love. Because it’s easier to fill prisons than to build schools. It’s easier to bomb than to negotiate, just as it’s easier to hit than to hug.

But the echo, in the end, does not forgive.





PORTUGUÉS



A realidade atual nos envolve numa atmosfera de violência. Alguém aqui me disse que concordava com a violência se ela fosse necessária para um fim.
Meu dissentimento é categórico em qualquer lugar ou situação. E acreditem, estávamos falando de mortos no meio, de inocentes.

Hoje trago à reflexão este tema que me corrói cada dia, e sim, sinto-me impotente diante de cada ato de barbárie.

A violência não é um ato que termina quando o estrondo se apaga. É uma batida que se propaga, e nós sabemos disso. Dizer que "a violência gera violência" não é um clichê moral, é uma observação tão verdadeira quanto a gravidade de cada golpe, humilhação ou morte injusta que semeia a tempestade que virá. E os prazos são traiçoeiros porque pode ser amanhã, numa década ou num século. Mas ela sempre volta.

Olhemos para as guerras — não estas de hoje que estão consumindo a humanidade e nos enterrando vivos. Por exemplo, em 1919, os vencedores da Grande Guerra impuseram à Alemanha um castigo tão asfixiante que não assinaram uma paz, mas uma trégua armada com pólvora e rancor. O Tratado de Versalhes não apenas empobreceu um país, humilhou-o até a medula. Vinte anos depois, essa humilhação se transformou em tanques cruzando a Polônia. A Segunda Guerra Mundial não foi um acidente, foi a vingança de um povo a quem se ensinou que só a força apaga a vergonha, e fez isso da pior maneira, apoiando Hitler. Isso é violência a médio prazo: colhe-se o que se plantou, mas com juros de sangue.

Recuemos mais. Na época da escravidão, o senhor achava que controlava com o chicote, mas cada costas marcadas produziu rebeliões silenciosas que explodiram em gritos. Por exemplo, a Revolução Haitiana não foi um capricho; foi a resposta lógica a séculos de tratar seres humanos como bestas. E quando a escravidão formal terminou, a violência não desapareceu. Transformou-se em linchamentos, nas leis Jim Crow, em segregação. O racismo estrutural dos Estados Unidos hoje é o eco longo de correntes e gasolina. Isso é violência a longo prazo — aquela que se torna cultura.

E chegando ao mais íntimo e mais cruel, falamos dos maus-tratos a crianças. Um pai que bate para "educar" está criando um adulto que aprende que o amor se negocia a golpes. Estudos como o ACE (Centers for Disease Control) são assustadores; revelam que uma criança maltratada tem o dobro de probabilidade de se tornar um adulto violento. Não porque seja má, mas porque seu cérebro se adaptou ao modo sobrevivência. O ciclo se repete: o abusado de hoje será o abusador de amanhã, ou aquele que se automutila, ou que termina numa cela.

E nessas celas, a violência se retroalimenta. Seguimos com história, e falamos de 1971. Vamos à prisão de Attica em Nova York, que era um inferno de superlotação e surras sistemáticas. Os presos, desesperados, tomaram o controle e mataram guardas. A resposta estatal foi um massacre; houve 39 mortos. A comissão de investigação disse claramente: "a violência dos reclusos foi uma resposta direta à violência institucional". E esse panorama é o mesmo das prisões na nossa América, pois se tornaram escolas do crime. Um jovem que entra por um roubo menor e é estuprado e torturado sai transformado em sicário. A prisão nessas condições não reabilita, fabrica monstros. Isso é violência a curto prazo: o motim desta noite é a surra da terça-feira passada.

Não há atalhos. Se você bate, criará agressores. Se humilha, colherá vingança. O mesmo acontece se você prende sem dignidade: receberá feras. A única maneira de quebrar o eco é não dar o primeiro golpe. Tratar as feridas, não apenas punir os sintomas. Mas isso exige coragem e até um pouco de amor. Porque é mais fácil encher prisões do que construir escolas. É mais fácil bombardear do que negociar, assim como é mais fácil bater do que abraçar.

Mas o eco, no fim, não perdoa.