Inclinadas una hacia la otra, las veía chacharear en horas diurnas, contándose sus aventuras en eras pasadas, cuando las criaturas mágicas se paseaban entre los humanos
Gárgolas
Marié Rojas Tamayo
Leo se levantó disgustado a abrir la puerta. El timbre había interrumpido su partido de fútbol. Desde que se jubiló, era uno de sus únicos placeres. Eso y hacer maldades a los niños del barrio. Al abrirla se encontró con un sonriente joven, vestido de traje –a pesar del inmenso calor del verano y poseer un aspecto… más bien de adolescente, cuando más– y un maletín ejecutivo bajo el brazo.
—Buenas tardes —saludó el joven y le extendió la mano a Leo—, mi nombre es Marcos, soy…
—No compro nada, Marcos, buenas tardes y adiós.
Marcos, sin dejar de sonreír, puso la mano en la puerta que Leo cerraba, e impidió que terminara la acción.
—Señor, escúcheme, por favor, no soy un vendedor cualquiera. Si me atiende, le prometo que será menos de cinco minutos y…
—No puedo, me estoy perdiendo el partido.
—No, ahora están en el descanso. De aquí se ve.
Leo se giró y corroboró, para su pesar, que el joven tenía razón y lo encaró nuevamente. Marcos, sonriente y sin quitar la mano de la puerta, continuó al ver que Leo lo atendía.
—Le prometo que para el segundo tiempo estará usted sentado y más contento que cuando se levantó.
—Mira, muchacho, realmente no necesito nada. No me hagas perder el tiempo. Tengo todo tipo de equipos en la casa y no quiero adquirir propiedades, que al final no voy a visitar. Ya estoy muy viejo para eso.
—Yo vendo seguros, señor…
—Leo.
—Señor Leo…
—Ya tengo asegurado todo. Hasta creo que mi mujer está loca porque me pase algo, a ver si lo cobra.
—No del tipo que vendo yo, ¿me puede escuchar? ¿Qué pierde con hacerlo?
Leo miró la hora y le quedaban diez minutos para el comienzo del partido y no tenía nada que hacer en ese intermedio. “Este parece que quiere bailar en casa del trompo. Déjame seguirle la corriente a ver cómo le hago una a él; para que se arrepienta de haber venido”, pensó y una ligera sonrisa asomó en su rostro. Soltó la puerta e invitó a pasar al extraño visitante a la sala. Se sentaron a cada lado de una pequeña mesa de cristal cerca de la chimenea. Marcos se colocó el portafolio en sus muslos y lo abrió. Extrajo algo voluminoso, una suerte de revista, lo que puso en la mesa.
—Quiero agradecerle, Leo. Me cae bien así que seré breve. Desde ahora cuente con que cualquier seguro que compre tendrá un quince por ciento de descuento, si lo hace ahora. Esa oferta expira en cuanto salga por la puerta.
Le extendió una tarjeta en la que decía –para terminar de corroborarle a Leo que aquello olía a estafa–: “Seguros Paranormales SA” y el nombre de Marcos aparecía como Vendedor Principal de dicha compañía. Leo miró pensativo al misterioso vendedor, su sonrisa comenzaba a molestarle… aún faltaban ocho minutos del medio tiempo.
—Mira qué bien, muchacho. Te felicito por tan linda tarjeta.
Se rio y guiñó el ojo. Marcos ignoró aquel comportamiento y continuó en papel.
—Nuestra especialidad, como dice la tarjeta, es asegurarlo contra fenómenos paranormales.
—Mire, si esto es una broma de alguien, le pido que vaya al final de una vez y por todas. No creo que pueda aguantar mucho sin reírme. ¿Me entiendes? ¿Qué es eso, que, el “Vendedor Principal” de la compañía, vaya de puerta en puerta vendiendo, en vez de dirigir desde su oficina? Para no hablar del absurdo este de “fenómenos paranormales”. Todo esto —señaló al portafolio, tarjetas y demás pertenencias de Marcos—, está muy bien, pero hay algunos detalles muy evidentes donde se cae la broma. Pero… te escucharé. Muéstrame lo que tienes, trata de convencerme.
—Válida su aclaración, lo entiendo. Puede sonar sospechoso.
—A fraude y estafa: a Policía. Pero sigue.
Por un corto instante, Marcos dejó de sonreír. Rápidamente se ajustó la corbata y se repuso. Sonrió otra vez y continuó.
—Le explico. Desde hace un tiempo para acá el mundo ha cambiado y varios fenómenos han causado que las criaturas fantásticas se descontrolaran. No solo los animales comunes han sufrido las consecuencias de los cambios en la tierra. También los fantásticos, así que tuve que dar el ejemplo en mi compañía, que aunque pequeña, es responsable y profesional. Es un negocio familiar. Por eso salí yo, para inspirar confianza en mis subordinados y clientes. No solo le pagamos su póliza en caso de un siniestro, sino que también nos encargamos de su protección para que no ocurran desgracias. Hemos estado en alza en los últimos tiempos, con mucho trabajo.
—¿Sí..., como cuáles? —Leo ahogó una risa.
—Por ejemplo, ¿no ha escuchado el estruendo, por las noches, del galopar de los pegasos por el tejado, y ha visto las tejas rotas a la mañana siguiente? Por el peso de sus cuerpos, tienen que lanzarse de un lugar alto para poder despegar. Hay muchas ventanas rotas por las torpes gárgolas al posarse en ellas de noche. Tiene que entenderlas, dígame usted si pudiera andar con total agilidad luego de pasarse el día sentado en una posición, sin moverse. ¿Ha escuchado a los ángeles y sus conciertos nocturnos de arpa? ¿O visto los estragos en su jardín por los gnomos? ¿Ha sido despertado por el cuchicheo de las hadas en su ventana? Son muy bromistas, al menos se creen ellas. Mire, aquí tengo nuestro catálogo. Verá que está ampliamente cubierto.
Leo tomó lo que parecía que era un catálogo de películas y vio que iba en serio. “Este chico es un profesional, no ha abandonado el personaje”. Fotos y características de cuanta criatura fantástica conocía y desconocía estaban ahí. Miró al joven vendedor, que se había acomodado en el sofá y volvió la vista al catálogo una vez más antes de dejarlo en la mesa.
—No, no he tenido ningún problema aquí. Excepto algunos chiquillos que me molestaban con sus juegos en la calle. Pero eso los resolví yo mismo. Les quité la pelota. Uno de ellos, que ni siquiera es de por aquí, me amenazó que me iba a arrepentir si no se la devolvía. Ante tal amenaza, se la di, claro. Solo que ponchada y se acabó el juego —Leo se rió y decidió seguirle la rima a ver si Marcos era capaz de continuar después de eso. Quería que le dijera algo que lo divirtiera; le intrigaba el final de la broma—. ¿Corro peligro de que aparezca alguna arpía a destruirme? Claro, aparte de mi mujer.
—No, señor Leo —contestó con un estoicismo que desconocía tener—. Pues me alegro que nada paranormal le haya molestado. Al parecer, se ha reunido un variado grupo de seres fantásticos, por esta zona, de un tiempo para acá. Por su manzana hemos tenido bastante actividad los días anteriores y muchos se han asegurado después de haber sufrido los estragos. Las tarifas son altas, es verdad. Pero, como le dije, tendrá una gran oportunidad ahora. Queremos prevenir antes que lamentar. Y si le sucede algo, lo cubriremos en su totalidad. No se preocupe, todo está en el contrato que le facilitaré si se decide.
—Lo siento, no puedo más —dijo Leo y se levantó indicándole la puerta con la mano—. Intenté seguirle la corriente, pero no doy más. Al principio pensé que era una broma, pero no: vas en serio. ¡Entonces es una estafa! Mira, niño, mejor vete antes que llame a la policía. ¡Querer estafar a un jubilado con algo tan absurdo!
—Señor, mi negocio es legal y está asentado. Puede averiguarlo —dijo muy serio Marcos y se levantó—. Los datos están en la tarjeta. Le dejo todo y consúltelo con su esposa.
Caminó hacia la puerta seguido por Leo. Antes de cruzar el umbral, se viró una última vez y lo miró.
—En el momento que cruce, no ha trato. Si se arrepiente, pagará como el resto.
—No se preocupe, “señor Marcos”. Que no hay bestia que haga regalarle mi dinero.
Marcos saludó con cortesía y se retiró. Leo cerró la puerta y se sentó cómodo en su sofá. Desde ahí podía ver los panfletos y la tarjeta aún sobre la mesa. Se iba a levantar a botarlos, pero el juego iba a comenzar, así que lo dejó para luego.
Su mujer regresó después de terminado el partido, cargada de jabas de compras y la ayudó a llevarlas a la cocina. Una vez allá le hizo el cuento de la ridícula estafa.
—¿Le compraste alguno? —se interesó ella.
—¿Qué pregunta es esa, Esperanza? Por supuesto que no. ¿Me crees lo suficiente loco para eso?
—Solo te pregunto porque Regla compró uno. Lo vendió una familia del otro lado del pueblo: dos padres y tres hijos. El otro día le amanecieron las rosas cortadas y el césped marchito. Le dijeron que fueron los duendes y la muy tonta se lo tragó. Seguro que fueron los chiquillos esos que juegan fútbol con los nietos de su vecina, que siempre andan por ahí a todas horas…
Leo la escuchó despotricar sobre los niños, los vecinos, saltando para el vecindario, el clima y cuanta entidad le viniera a la mente. Dejó de escuchar al cabo del rato cuando ella dijo “Pensé que habías comprado un seguro cuando comenzaste el cuento”. Había desarrollado ese don de desconectar a través de los años.
Por la noche se despertó por los ruidos provenientes de la sala. Esperanza no escuchó nada, y él agradeció que siempre cayera como una piedra. Así no lo molestaba durante las noches. Bajó de su cuarto con el bate de baseball, que guardaba tras la puerta. Las luces apagadas. El sonido lo guio hacia la chimenea. “Malditos murciélagos”, se dijo y cambió su improvisada arma por un deshollinador. Al introducirlo, una nube de polvo lo cubrió por completo y creyó oír unas risas bajas que se escapaban por la chimenea. Leo se quedó escuchando atento, colocó la palma de la mano detrás del oído, pero nada se oyó. “Nah, no se atreverían”, pensó. Convencido de que nada sucedía, volvió a introducir el deshollinador hasta creer haber espantado a los murciélagos.
Maldiciendo, se dirigió al baño a quitarse el hollín. Se desvistió y se introdujo en la ducha. Abrió la pila y luego del primer chorro, el agua comenzó a menguar hasta desaparecer. Cubierto de ceniza mojada y fría, con el pijama en el cesto de la ropa sucia, el humor de Leo había bajado de cero a menos diez. De mala gana, para no despertar a su mujer –cuyo temperamento era peor que el suyo–, sacó su pijama y se lo colocó sin secarse. La cara de desagrado le duró el tiempo que demoró en llegar al patio a encender el motor para que volviera el agua. “Juraría haber llenado los tanques en la tarde”, pensó. Lo encendió y esperó el tiempo prudencial hasta que creyó que se debían haber llenado las tuberías y entró a comprobar a la cocina. Había fuerza de agua.
Una vez en el baño, abrió la llave y se quitó la ropa. El agua salió solo lo que duró en desvestirse. Furioso, se la volvió a poner, pasando otra vez por el incómodo tacto de la tela embarrada. Para empeorar la situación su mujer se despertó con el sonido del agua del tanque desbordándose y su marido ausente. Lo llamaba a gritos. Leo se sorprendió detenido en medio del pasillo sin saber si atenderla a ella, buscar a los responsables de aquella broma pesada, o ir a apagar el motor. En un impulso, le gritó: ¡Ya voy! Y bajó al patio.
—Para eso mismo te llamaba —le dijo Esperanza desde la ventana.
Solo se apreciaba su silueta desde el patio, pero Leo juraba que estaba enfadada con él, así que se preparó para no dormir ese día por la discusión—. Sube de una vez. Tenías que haber apagado el motor antes de dormir.
—Claro que lo hice —le gritó desde los bajos.
Buscó la escalera al techo para revisar la llave de paso, la que debía estar cerrada. Efectivamente. Y no solo eso, sino que una planta se había enrollado alrededor de ella, apretándola. Eran muchas cosas inexplicables, se dijo y a su mente le vino la imagen de duendes bribones y luego la sonriente cara de Marcos. El joven vendedor de la compañía aseguradora y protectora de cosas como esas. Prometió que, si lo veía cerca, le iba a dar su merecido al “chiquillo malcriado ese”. Se sorprendió utilizando las frases de su mujer. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y se propuso abrir la llave y darse su merecida ducha.
Una vez bañado y con ropa limpia regresó a su cuarto. Su mujer, en contra de sus pronósticos, se había dormido; así que no encendió luz alguna y caminó despacio para no despertarla. Se detuvo al lado de la cama decidiendo si acostarse allí, con el peligro de levantarla, o irse al sofá tranquilo, cuando divisó una sombra en la ventana. “¿Un buitre?” se preguntó, a la vez que se decía que era absurdo: no habían buitres en ese país. De pronto, la sombra giró la cornada cabeza hacia Leo. Este intuyó enseguida que estaba siendo observado e instintivamente se quedó paralizado, sin mover un músculo hasta que la cabeza giró hacia el exterior. “Los buitres no tienen ese tipo de cabeza”, se convenció Leo espantado.
—Esperanza, Esperanza, ¡despierta! —aterrorizado despertó a su mujer.
—¿Y ahora qué, Leo?
—Un monstruo, Esperanza. Hay un monstruo en la ventana.
Ella miró hacia la ventana. Al no ver nada, encendió la lámpara a su lado y continuó sin encontrar el motivo de su despertar anticipado. Miró entonces a su marido recién bañado y le preguntó qué le sucedía. Él le hizo toda la historia.
—Te juro que pensé que era el chiquillo ese jugándome cabeza, pero tenía alas lo que estaba en la ventana. Y estamos a más de cuatro metros del suelo. Ni loco alguien se tiraría de aquí a menos que volara. Era un monstruo.
—Sabía que querías comprar un seguro. Lo sabía. Me lo olí cuando me contaste aquel cuento raro sobre fútbol y muchachos “vendedores principales” de las compañías aseguradoras.
—Que no quiero… no quise nada en ese momento, pero ahora… ¿cómo explicas lo que te conté?
—Seguro que son los mismos chiquillos que le destrozaron el jardín de Regla. O ese que vino a venderte el seguro. Son varios hermanos. No me interesa. Vuélvete a dormir antes que te desveles, o peor: que lo haga yo.
Esperanza apagó la lámpara y se volvió hacia su lado, pero ya era tarde. Leo no podría conciliar el sueño. Se acostó sin quitar la vista de la ventana. A través de ella se veían sombras cruzar el cielo nocturno. Algunas demasiado grandes para ser un ave. Otras… demasiado humanoides. ¿Centauros? De repente, un temblor comenzó a sacudir la casa. Ambos se sentaron en la cama, se tomaron de las manos y encendieron las luces. Lámparas, estantes, libros: todo temblaba. Sobre ellos, el techo comenzó a sonar como si una estampida de Ñus de la pradera africana se hubiera desviado hacia allí, para luego desplegar… ¿alas?, dejarse caer hacia el jardín, tomar altura y desaparecer en la noche. “¿Centauros voladores? No… ¿Pegasos?”
Ni Esperanza… ni mucho menos Leo, se movieron hasta que la luz del sol entró por la ventana donde tantas imágenes aterradoras vieron la noche anterior. Ni siquiera cuando vieron caer a chorros el agua desde el techo. A duras penas, luego de reunir fuerzas –y valor–, Leo y su esposa caminaron hacia la ventana. La abrieron muy suave, con miedo a que “algo” fuera a entrar.
A lo lejos, vieron a su vecina regando sus rosales recuperados. Ella los saludó con la mano, pero ellos estaban más interesados en buscar las huellas de cascos en su jardín y no las encontraron. Sin embargo, estaban seguros que de subir, las encontrarían en el tejado. Alguna de las patas debió romper la tubería del tanque, ahora vacío. Tejas del alero y techo aparecían rotas en el patio.
Cuando se decidieron a cerrar la ventana, Leo las vio. Ahí en el alféizar, estaban las huellas, grabadas en la madera, donde el monstruo de piedra había puesto sus garras. Sin decirse nada, corrieron hacia la mesita de cristal junto a la chimenea.
—Marcos —llamó el padre—, acabo de colgar con el señor Leo. Llamó para firmar con nosotros. ¿Puedes creerlo?
—Sabía que lo haría, papá. Eso le pasa por ser tan pesado y quitarle la pelota a mi hermano.
—Ay, Marcos. Me parece que esta vez te pasaste con la broma. No era para tanto.
—Y eso que mi hermano no me permitió meterle al unicornio en la cocina. Dijo que eso sería demasiado para el corazón de un jubilado.


