—Hoc est simplicisimun —contestó él—: porque estoy loco.
100 años de soledad
Gabriel García Márquez
―Tienes que hacer lo que te digo, porque sí. ¿O es que eres sordo, Felipe? ¿No escuchas a tu jefe, Fe-li-pe? ¡Dale!
Le decía Pedro al aire esa mañana, o a un subordinado invisible, nunca sabremos. Pedro apareció un día como cualquier otro. Nadie sabía si fue un lunes, martes, o cualquier otro, ni si fue de día o de noche. Se ignoraba todo sobre él; hasta su nombre. Le pusieron Pedro porque fue el primer nombre que mencionó en sus largos monólogos. Un hombre que conversaba en el elevador del edificio dijo “creo que se llama Pedro”, y Pedro se quedó.
Al principio, los vecinos pensaban que era un enfermo mental que estaba de paso y se había resguardado en el lobby del edificio. Sin embargo, los días pasaron y él seguía allí. Venía con dos maletas de lona, curiosamente nuevas, y un pomo de agua de 5 litros. A diario se le veía hablando con él mismo, o dirigiéndose a un público imaginario.
No costó mucho que se tejieran teorías de su origen entre los habitantes del edificio. La más popular era que Pedro fue algún tipo de dirigente del país. Alguien con poder, acostumbrado a mandar. Eso se veía en las órdenes que le gritaba a su público imaginario, o con las ofensas que les dirigía; de la manera que las dice alguien que sabe que saldrá impune. Se le veía la ropa siempre limpia y nueva, dentro de lo que cabía en alguien que dormía a la intemperie. Ese detalle estaba entre lo más raro de Pedro, pero no lo era todo. No solo cambiaba de ropa a menudo, sino que cambiaba a ropa buena y nueva, limpia y a juego. Las maletas también cambiaban y siempre eran nuevas.
Esa mañana Pedro estaba más inspirado que nunca. Los vecinos del edificio bromeaban con frases como “pobrecito el que esté recibiendo la descarga”. Sí, porque Pedro estaba muy molesto por un asunto en particular. Algo diferente a sus antiguos monólogos.
―No voy a regresar. Les he dicho mil veces que estoy bien, ¡estoy bien, estoy bien, estoy bieeeen! Son ustedes, ustedes, sí, ustedes los que no entienden, pero eso es normal, normal, normal para la gente que no puede encontrar a un fugitivo encerrado en una isla. Son tan ineptos que no se dan cuenta que no tiene a dónde escapar. ¡Búsquenlo! Y tráiganme agua ―ordenaba con el pomo de cinco litros casi vacío. En eso, una voz lo llamó a su espalda.
―Ven, coge el agua.
Pedro se giró asustado hacia la voz. Provenía de una joven asomada al patio del apartamento de planta baja. Esta, muy sonriente, le tendía la mano entre los barrotes de la reja. Pedro la miró y continuó pidiéndole agua a esa otra persona a la que le hablaba e ignoró a la buena samaritana de la ventana. No obstante, ella insistía.
―¿Será que no me ves? Señor, dame el pomo que te lo lleno si quieres.
Y al decir esto, abrió la llave del lavadero. Pedro, casi en contra de sus instintos se acercó a la ventana. La joven fue la primera persona en dirigirle la palabra en todo el tiempo que llevaba deambulando en los bajos del edificio. Ni siquiera aquel niño, al que le había alcanzado una pelota desde el otro lado de la calle, le dirigió más que una mirada.
―¿Y usted, ustedes, usted, quién es? Si se puede saber ―preguntó, mientras se balbuceaba cosas ininteligibles para la muchacha.
―Soy Esperanza. ¿Y tú?
―¿Cómo me vas a dar agua? ¿Cómo? El pomo no cabe entre las rejas. No cabe, no.
―Ah, sí. Aquí tengo una manguerita. La de la lavadora. Puedo conectarla a la pila y pasarla entre los barrotes.
―Está bien, gracias, gracias, Esperanza ―le dijo, aceptó la manguera y comenzó a llenar el pomo―. Esperanza. Lo último que se pierde...
Así estuvieron por varios días. Poco a poco Esperanza fue rompiendo la barrera comunicacional que Pedro había levantado con todos. Al principio le resultaba imposible mantener un diálogo. Siempre que lo veía, se encontraba inmerso en una reunión, o en algún tipo de situación en la que regañaba a alguien o daba precisas indicaciones. Sin embargo, a la joven no parecía importarle: O le sobraba paciencia, o tiempo… o ambas. Pedro siempre iba a recoger el agua con mucha reserva, al principio. Una vez, hasta negó el agua que le brindaba y pasó tanta sed, que no lo hizo más. Al pasar los días, hasta esperaba con el pomo en mano a que la puerta del balcón se abriera. Esperanza, sin darle importancia al comportamiento de Pedro, y notar que la ropa de su amigo comenzaba a oler mal, verse sucia y desgastada, nunca perdió la sonrisa y la alegría al verlo.
―¿Por qué me miras de esa manera? ―preguntó Esperanza, un día, rompiendo así la rutina silenciosa que llevaban. Algo en el comportamiento de su interlocutor le hizo creer que podrían conversar esa vez.
―Es que no estoy acostumbrado a recibir cosas de extraños ―confesó Pedro casi en voz baja―. No, no lo estoy. Mucho menos aquí, donde al parecer, soy invisible. ¿Lo sabías? Al parecer lo soy de vez en cuando. ¿Dónde trabajas, Esperanza? ¿Tú no te pierdes? Si lo hicieras, serías la última en hacerlo, ¿lo sabías?
―No, no lo sabía. No trabajo. Estoy en la universidad estudiando física. Me encanta la física. Me encanta. Es que tiene tanto campo por descubrir. Por experimentar.
―Eso es como para volverse loco, ¿no crees?
―Eso dicen todos en mi casa. ¿Y tú, a qué te dedicas?
―A nada importante. Al menos ahora. Decidí irme de mi… ¿por qué preguntas? ―le dijo y soltó la manguera del pomo aún sin llenar. Es una de ellos, se convenció.
―Espera, discúlpame ―le pidió al verlo partir hacia una silla que había plantado bajo un árbol en el jardín del edificio―. Es un mal de oficio. Estoy acostumbrada a preguntar. No puedo zafarme de ese hábito. No puedo. Mira que me lo han dicho siempre, pero no puedo evitarlo. Trabajo con preguntas y busco siempre las respuestas. Tantas que abrumo a mis padres, así que discúlpame y ven, ven. Toma el agua.
Pedro dudó, pero fue hasta allí. Estuvo un rato en silencio, pero luego fue él quien lo rompió. Decidió que, si ella era uno de ellos, la trabajaría a la vez que ellos trataban de trabajarlo a él para que regresara. Así, al demostrar su capacidad, verían que él estaba bien y no tendrían que llevárselo.
―Ya no trabajo. Dirigía un departamento de investigaciones especiales. Las cuales no puedo decirte. Son secretas. Aunque ya no importa. A mí sí, pero ya no importa. ¿Entiendes? No me dejaron continuar el trabajo. Me dieron baja con el pretexto de que estoy mal de la cabeza. ¿Tú me ves mal de la cabeza? Sé sincera, Esperanza. Dime, ¿estoy loco? No lo estoy, Esperanza, no lo estoy, ¡No estoy loco! Solo veo las cosas de manera diferente a los demás. Incluso, desde hace unos días lo veo todo más claro aún. Eso no es estar loco.
―Es verdad. La ciencia está repleta de gente que fueron vista como locos y resultaron ser genios, mi amigo. Como tú y yo.
―¿Cómo tú?
―Sí, mi amigo. A mí me dio por contar con alegría cómo había abierto un portal a otro universo y nadie me creyó. Y míranos ahora mismo hablando: dos personas de universos distintos. ¿Qué te parece esta locura?
Pedro tuvo que aguantar la risa para no ser falta de respeto. Loca o no, pensó, ella me ayuda. No obstante, no pudo evitar una sonrisa un tanto burlona.
―Ah, ¿que tampoco me crees?
―No es eso, Esperanza. No es que te crea o no. No, no, no, no. No es eso. En mi línea de trabajo se hacen las cosas diferentes a las tuyas. Se trabaja con la evidencia física, ¿me entiendes?
―¿Y qué es lo que no ves? Nadie en este edificio de tu mundo te habla. Ni siquiera la doble mía de tu universo. Mucho menos el tuyo, que de paso te aviso, es un pesado de primera. Nada que ver contigo.
A estas alturas, Pedro ya no entendía nada. Hacía rato había puesto el pomo en el suelo. Lo único que lo retenía era la conversación con su única amiga hasta el momento. Aunque esta, se iba tornando un poco extraña.
―¿No crees que al decirle eso a alguien común, lo más normal es pensar que estás loca? Como yo, por ejemplo. Quizás esté loco y no lo sepa. Aunque no lo estoy, déjame aclararlo.
―Quizás, mi amigo. Quizás, sí, quizás, no. ¿Lo estás? Pero al mostrar las evidencias de lo que se afirma, deberían de dejar de tomarte por loca y comenzar a llamarte Genio. ¿No te parece?
―Es posible.
―¿Y por qué te dieron la baja médica?
―En la rama del arte, se le llama Muerte Blanca. Cuando el actor se adentra tanto en el personaje, que luego se cree que es el personaje en sí. Eso le pasa a los que trabajan en mi rama. ¡Pero yo no soy de esos! ¡Yo los dirijo, Dios mío, ¿tan difícil es de entender?! Yo soy el jefe, no un soldado cualquiera. Llevo toda mi vida trabajando y ahora quieren que me siente en un retiro de militares a esperar mi muerte tranquilamente. ¡No, señor! Aún tengo mucho que dar. No voy a dejar que doctorcitos aún sin barba, jueguen con mi cabeza. ¡No, señor! No lo permitiré…
―Claro que no, mi amigo.
―No me van a convencer con ropas limpias, ni con la comida esa con sabor a basura. Con nada. He pasado mucho tiempo infiltrado en lugares peores y he salido ileso. Se los voy a demostrar. Les daré la información de sus vidas y reconocerán mi valor. El presidente me devolverá mi puesto… y me dará una medalla… y me hará una estatua. ¿Te gustaría una estatua?
―Pero, claro, mi amigo. Y puedes decirle de mi descubrimiento. A lo mejor les es útil.
―No. Eso sería peor. No, no, no. Ahí sí me tildarían de loco. Es más, yo mismo me iría al retiro asqueroso aquel y me metería en el cuarto más oscuro.
―Pues…
En eso se escuchó un llamado de adentro de la casa de Esperanza. Esta respondió y le dijo que ya iba.
―Tengo que irme, mi amigo, mañana nos vemos si puedo abrir otra vez el portal. Tendré que montar todo el cableado otra vez para que papi no me lo arranque.
―Está bien. Yo estaré aquí.
Al día siguiente, Pedro caminaba por el jardín del edificio. Parecía alterado por algo.
―Vas a ver lo que te digo, Emilio. Esa que enviaste a trabajarme, es mala. Muy mala en su trabajo. Podía haber seguido con su personaje de estudiante y nada hubiera pasado, pero el hacerse la loca para que yo viera que estoy loco, es lo más absurdo que hay, Emilio. ¡Se los he dicho mil veces! Hay que estar preparado para toda contingencia, señores. Hay que estar preparado. Pueden retirarse y vamos si para la próxima reunión me vienen con mejores resultados. Esta información nueva es muy pobre. Adiós, caballeros. Cuando pruebe que ella es la que está mal de la cabeza, me pedirán disculpas ¡y quiera Dios que ese día esté de buena! ¡Cóño, ni siquiera hacen algo creíble, partía de imbéciles! ¡Váyanse de una vez!
Pedro saludaba de manera marcial cuando vio abrirse la puerta del balcón. Esperanza lo saludó con la mano y le hizo el ademán que se acercara.
―Buenos días, mi amigo, ¿cómo andas? ¿Estás ocupado?
―Ya no. Terminé una reunión hace un rato y tengo el resto del día libre. ¿Y tú qué haces?
―Nada. Terminé anoche mi tesis sobre los multiversos y los resultados de las interacciones con estos. Tengo que escribirla a escondidas y al mismo tiempo que hago la que presentaré en la universidad.
―¿Dos tesis? En tu mundo son extra exigentes.
―No. Es una sola. Solo que la de los multiveros no me la aceptaron por ser poco práctica e imposible de demostrar. La escasez de sesos de mis maestros les impide saber de lo que hablan.
―Ah, ya. Claro. Dime, ¿qué pasa cuando interactúas con otro universo?
―Hasta donde sé, no pasa nada si solo abres un portal como este.
―¿Y qué tiene este de especial?
―Es pequeño. Reducido, y de interacción restringida por los barrotes. Y hasta donde sé, no he viajado al pasado. ¿O sí? La única interacción ha sido el agua que te he dado.
―¿El agua que me das?
―¿Te ha pasado algo?
―Nada. Sigo igual que siempre.
―No me parece que estés igual. Tú mismo lo has dicho. Sigues sin creer lo que te digo, ¿verdad?
―¿Tú lo creyeras si alguien te lo dijera?
―Es posible que no, pero no lo tomara por locura. Mucho menos con pruebas irrefutables.
―¿Cómo cuáles? Por ejemplo.
―Los dobles.
―¿Cuáles?
―Los tuyos y los míos. Los de todo tu mundo. Puedes señalar a cualquiera de tu mundo que tiene un doble en el mío. A no ser que haya muerto, claro, entonces no habría…
―Ah, ¿sí? ¿Y por qué me preguntas a mí las cosas que podrías preguntarle a mi doble?
―Porque, el que sean dobles no significa que sean la misma persona ni hagan lo mismo. Eso tiene que ver con las decisiones que se toman en la vida. Tú decidiste ir por la carrera militar, y tu doble es músico. Muy creído, por cierto. No es tan bueno como para eso...
―¿Cómo es él? A ver. Enséñame una foto.
―Espera aquí, ahora vuelvo ―le dijo Esperanza y entró a su casa.
Pedro aprovechó para escalar por la reja del balcón a mirar hacia adentro de la casa. En la pared de la sala, había una foto de Esperanza con su mamá y papá. Y otra de los mismo tres en un cuadro al lado del sofá. No pudo ver más porque regresaba la joven con un periódico viejo en la mano.
―Mira. Este es tu doble.
Pedro miró a un hombre que podría ser él. Mejor afeitado y vestido, y con el pelo largo. Pero no era él. Jamás en su vida se dejaría crecer el pelo así, ni en ese universo ni en otro. Además, no lo veía igual, sino muy parecido.
―Ah, sí, es cierto que nos parecemos.
―¿Qué se parecen? Son idénticos. Por eso fue que te llamé, porque eres mi prueba.
―Si soy tu prueba ¿por qué no me enseñas a tus padres?
―Ellos no quieren saber nada de mi trabajo. Ni siquiera me dejan salir de mi casa. Los médicos dicen que estoy muy inestable para salir a la calle e interactuar con los demás. Eso era antes, ya no lo soy.
―Yo no te veo inestable.
―¿Verdad que no?
―No. Aparte de ese pequeño detalle de los mundos paralelos, el portal, y que el agua me cambie, claro que no. ¿Y cómo vas a la universidad si no sales a la calle?
―En realidad no voy. La hago desde la casa. Me he graduado yo sola estudiando por los libros de papi.
―Ah, claro. Educación a distancia.
―¿Qué es eso? ¿Te burlas de mí?
―No, claro que no. No, no, no, jamás lo haría. Eso es una forma de enseñanza de las universidades para los que no pueden asistir a diario. Al menos en este mundo.
―Si existiera eso aquí, sería genial.
―Esperanza, ¿y si le muestras una foto mía a tus padres? Con eso te creerían, verdad.
―No. Ya lo hice y no me creyeron. Al contrario, me regañaron y volvieron a llevarme al siquiatra. Estuve dos días con pastillas e inyecciones. Incluso, me dejaron un tratamiento nuevo. Por cierto, ahorita estarán al llamarme para tomarme las de la mañana.
―¿Tomas muchas?
―A las nueve son seis, que se repiten por la noche, además de los somníferos. Y cada dos meses paso una semana en el hospital, donde me hacen varias terapias para arreglarme. ¿Te cuento un secreto? La mayoría no me las tomo, sino que las utilizo en mis experimentos químicos. Y aquí me ves. No sé cómo no ven que estoy bien.
―Tampoco lo entiendo, Esperanza. Como tal, ¿qué es lo que te diagnosticaron? Porque si es por lo de los mundos paralelos, no creo que sea para tanto.
―Tenía un tipo raro de esquizofrenia. Salió en los análisis. Pero ya estoy bien. Mientras me tome mis pastillas y vaya a terapia, podré seguir bien. ¿No te parece? Hasta creé este portal entre dos mundos. Con dos radios, cables y muuucha ciencia.
A este punto, Pedro tenía toda la evidencia para su investigación. Le daba tanta pena la joven mujer, que no la contradecía en nada, solo asentía a todo lo que ella le dijera. Estaba buscando una excusa para despedirse y llamar a “sus subordinados y el resto de los hijos de mala madre que lo querían llevar al retiro militar”, para que vieran que esa a la que le mandaron, está muy mal. Pero Esperanza no le daba un respiro. No dejaba de hablar.
―Y así, amigo mío. Eres el primero con el que puedo entablar una conversación. ¿Y tú? Porque no te veo tan mal como dicen que estás. Además, desde que comenzaste a tomar de mi agua mejorada estás mucho mejor ¿no te parece? La preparo yo misma. Es mi otro experimento… aunque no sabía que este sería el resultado… Aquí en mi casa todos la tomamos y no hay diferencia… ¿Será que al pasar a otro mundo cambian sus propiedades…?
―¿Agua mejorada? ―Pedro abrió los ojos de repente― ¿Qué me estás dando, mujer?
―!Ay, espera, para enseñarte mi tesis! Espero que no tenga tanto lenguaje científico. Espera.
Esperanza salió corriendo y regresó con un manojo de papeles en los que aparecía garabateado algo que parecía un lenguaje sin ton ni son, alrededor de un boceto infantil del marco de una puerta.
―¿Entiendes algo?
Pedro lo miraba e iba comprendiendo. Claro, se decía Pedro, si me mandan a una loca, es para que le hable con confianza, porque ¿Quién le creería a una enferma mental? Así que no puedo seguirle la corriente. Si lo hago, estoy loco como ella.
―Mira, Esperanza, sé lo que estás haciendo y no voy a caer. Basta ya. ¿Estos son los dibujos de tu hija, o hermana, o sobrina?
―¿Eh? No. Esta es mi tesis. Le voy a pedir a papi que la transcriba para que la publiquen en las revistas de ciencia. Quizás puedas hablar para que la publiquen en tu mundo.
―Pues pasará un buen trabajo para… Es que no puedo seguir con esto. Mira, chiquita…
―Eh… mira quien está ahí ―lo interrumpió Esperanza mientras saludaba con la mano a alguien―. Es mi yo de tu mundo. ¡Hola, yoooo!
Pedro miró hacia donde le indicaban y efectivamente ahí estaba una joven idéntica a Esperanza. Llevaba una bolsa con productos del mercado y leía una revista en su mano. El cerebro de Pedro pareció hacer una especie de click, en el que todo lo que creía comenzaba a ser cuestionable. Volvió a mirar a la Esperanza del balcón, la que dejó, solo por un momento de sonreír.
―Ah, qué pena. Mi doble nunca mira para el balcón. Siempre va entretenida en algo. ¿Qué me ibas a decir, amigo mío?
Pedro solo se despidió de ella y comenzó a caminar. Continuó su caminar hasta las puertas del retiro militar al que tanto le había huido, porque, en realidad, algo mal tendría que haber en su cabeza, se dijo, o en el agua. Esa agua “mejorada” de Esperanza, que tanto le gustaba.


