El viñedo

in Literatos8 days ago


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La tristeza por la pérdida de mi abuela, fue seguida por esta alegre noticia: ella había pensado en mí a la hora de legarme su mayor tesoro: el viñedo. Los primeros meses fueron duros, sobre todo para una historiadora como yo. Si fuera agrónoma, botánica o algo similar, me hubiera sido más sencillo, al menos así pensaban mis padres y hermanos.
No obstante, no me dejé vencer por las dificultades y busqué ayuda en tío Paulo, un anciano que trabajó en el viñedo desde la siembra de la primera rama; y quizás, mucho antes. Nadie sabía en realidad desde cuándo Paulo vivía allí. Lo conocí de niña. Mi abuela me dijo que él era su hombre de confianza y la persona más importante de la hacienda. Paulo supo quién yo era en cuanto llegue a su casa. Hacía años que no iba a la hacienda, y temí que no lo hiciera, sin embargo, en cuanto abrió la puerta, los ojos se le aguaron.
—Eres la viva imagen de tu abuela —fue su saludo seguido de un abrazo.
Le expliqué el motivo de mi visita y mi intención de ocuparme del viñedo. Lo meditó durante un rato, pero accedió a salir de su retiro para enseñarme.
―Le prometí a tu abuela que trabajaría con ella y cuidaría de las vides mientras ella viviera —me dijo antes de despedirme―. Como eres igual a ella, te haré otra a ti. Estaré contigo hasta que puedas valerte por ti misma. En ese momento, decidiremos cuál será nuestro futuro.
Y así comencé a aprender la verdadera viticultura: los secretos de la tierra y de las uvas. Y aún más. Tuve que aprender de contabilidad, relaciones públicas, marketing, química y hasta de leyes, puesto que, si el vino no se vendía, no podría pagarles a los trabajadores o proveedores, ni mantener la hacienda. Fue un duro aprendizaje que se vio suavizado por la primera vendimia. Fue en ese entonces cuando Paulo se me acercó, al terminarla, durante una sencilla celebración y me contó de mi abuela.
―¿Sabías que ella fue reina del festival de la vendimia allá en su tierra natal?
―No, no lo sabía.
―En su tierra se celebran hermosos festivales. Fue allá donde nos conocimos e hicimos amigos. Ella fue la que me trajo hasta aquí.
―¿Y por qué vinieron hasta este pueblo?
―Por la tierra. Tu abuela fue la primera que me enseñó sobre el cultivo de la vid. Me mostró la pasión por este trabajo. Yo, del vino, solo sabía… tomarlos, para ser exacto. Ella me mostró la magia que había a la hora de la creación de la magnífica bebida. Desde entonces el vino me sabe mejor. Yo iba de paso, sin un lugar al que llamar hogar desde muchísimo tiempo atrás. Sin nadie a quien llamar familia. Al menos, nadie que se acordara de mí. En esa época no existía para nadie más, excepto para ella. Siempre se acordó del viejo Paulo. Por eso la seguí hasta aquí cuando se casó con tu abuelo.
―Algo había escuchado sobre eso, pero nunca me contaron detalles y tampoco pregunté. No creí que quisieran hablar de ese tema. Una vez escuché decir a mi padre que mi abuela era buena, pero rara... tenía costumbres extrañas.
Paulo se echó a reír a carcajadas. Le costó un poco dejar la risa para hablar.
―Sí, eso es cierto. Parte de esas rarezas, como llamaba la gente que no la conocía bien ―hizo una pausa para hacerme una seña que entendí al momento―, fue lo que hizo que tanto tu abuelo como yo, le fuéramos fiel hasta el final. ¿Quieres saber una de sus costumbres?
Asentí.
―Durante la etapa de embotellamiento del vino, luego de la filtración; cada noche, ella ponía en su ventana una copa llena de su producto al dios del vino. Decía que si a él le gustaba lo que le ofrecían, cada día la copa amanecería vacía, y ese sería un excelente año.
Hizo silencio y se lo respeté. Los ojos le brillaban al recordarla. Me dio un beso en la frente y se despidió. Yo deseaba que ella estuviera viéndonos en ese momento con orgullo. También, poder tener algún día una amistad como esa.
Sin embargo, luego de meses de trabajo, el resultado no fue el más prometedor. El vino no tenía la misma calidad que los de la época de mi abuela. Ni siquiera la mitad. No lograba entender. Era la misma tierra, uvas, clima, técnicas, bodegas, maquinarias y hasta viticultores. Era incomprensible. Otro año así, y me iría a la quiebra.
Paulo me descubrió llorando un día de esos, luego de terminar el balance contable. El anciano se sentó a mi lado y dejó que llorara. No dijo nada para detenerme, solo estuvo ahí, a mi lado. Una vez que terminé, me secó el rostro con su pañuelo y habló.
―Te pareces tanto a tu abuela hasta el punto en que tuvieron idéntico comienzo. Sabía que te encontraría aquí, ya que en este lugar la vi a ella; haciendo lo mismo que tú.
Estaba intrigada. Paulo conocía a mi abuela mejor que mi misma madre y escuchar sobre ella era muy refrescante para mí. Además, el anciano tenía una de esas voces que son tranquilizadoras y suaves como el mejor de los vinos. Me recosté en su hombro y lo dejé hablar.
―Ese día le di el consejo que te daré ahora. Recuerda quien eres, de dónde vienes y tendrás tu recompensa. Eso le dije a ella, y ahora agrego esto solo para ti: El vino es tan antiguo como los dioses, o incluso más. Por lo tanto, ha evolucionado a través de los años. Como mismo, no hay dos cosechas o dos marcas iguales… no hay dos métodos ni resultados exactamente iguales. Cada cultivo tiene impregnado la sangre, sudor y alma de aquellos que lo cultivan. Va más que plantar, regar y cosechar. La viticultura es mezcla de arte, tradición e historia de cada viticultor. Es pasión. Amor. No se lo tuve que decir a tu abuela porque ella lo intuía. Amaba a este viñedo y le dio todo, hasta el último de sus días. Por eso es que no pasaba tanto tiempo como quería contigo y con tu madre. Eso fue algo que siempre lamentó. Tú haces esto por amor a ella, y deseas seguir sus pasos. A lo mejor ese es tu error. En vez de seguir los de ella, trata de caminar su camino, pero con tus propios pasos.
―¿Qué edad tienes, Paulo? —solté de repente, aprovechando la intimidad del momento. Él me miró y sonrió otra vez.
―Eres tan parecida a tu abuela que me has preguntado lo mismo que ella cuando me conoció. Dijo que parecía más viejo de la edad que tenía. ¿Por qué lo preguntas?
―Simple curiosidad. Hablas con mucha sabiduría. No es común encontrar a alguien así hoy en día.
―Soy muy viejo. He vivido mucho.
Fue su respuesta.
Sus palabras me mantuvieron pensativa durante la noche entera. Estaba sola en mi casa, con la compañía de una botella de vino. Casi al amanecer, ya con un plan en la mente, me acosté a descansar un rato.
Desperté y me fui a la computadora a revisar los métodos tradicionales de las civilizaciones antiguas, como la griega. Me pasé el día tomando notas, comparando procesos y actualizándolos. Así realicé un plan que puse en marcha durante los siguientes meses.
En apariencia todo era igual a antes a los ojos de los demás. Pero sabía que Paulo notaba la diferencia. Sus ojos brillaban de alegría al verme dirigir todas las fases de la producción. Fue el único que no abrió los ojos, con escepticismo, cuando dije que ese año la vendimia se haría completamente manual y la colocaríamos en una especie de cuba gigante que construí cerca de una arboleda, para el despalille y posterior estrujado. Tal como se hacía en los tiempos antiguos. Una vez terminada la vendimia, comenzaríamos los festejos con el estrujado de las vides. Todas las mujeres de los alrededores fueron invitadas a pisotearla. Me encontraba muy ilusionada con este proceso, sino olvidado, al menos abandonado.
La fiesta fue maravillosa. Nadie podría negar ese hecho. Era mágico vernos bailar a todas sobre las uvas. Sentir el mosto y los hollejos en las piernas. Durante el baño, al terminar el estrujado, noté pequeños cortes en mis pies que me ardían, pero nada preocupante pues no eran profundos. Tampoco importaba. Esa noche, todos éramos tan hermosos, felices, sanos… tanto como los dioses durante las Bacanales. Habíamos creado algo de lo que no éramos capaces de imaginar. Solo Paulo y yo nos dimos cuenta, meses después, al probar el vino antes de embotellarlo. Tenía el sabor de la tierra, del esfuerzo de nuestra gente, la alegría del trabajo, la fiesta de ese día, el júbilo, mi sangre y mi alma. El anciano me miraba con alegría a través del cristal de su copa.
―Lo lograste —me dijo y parecía resplandecer. Por un momento se me pareció a uno de los personajes de las antiguas pinturas de las bacanales―. Este es tu vino. Esta es tu creación. Tiene tu esencia y la de tus ancestros. Por eso es que funcionará siempre y cuando continúes siéndole fiel al vino, y a ti misma.
En la noche, acordándome de la antigua tradición de mi abuela, llené una copa y la coloqué en la ventana antes de dormir. A la mañana siguiente, la recogí vacía. Fui a buscar a Paulo, y había desaparecido.

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Hermosa y sentida historia, relatada con gran dominio de la escritura y del mundo placentero del vino. Saludos, @abelarte.

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