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Qué curioso cómo empezamos a interactuar con el mundo digital casi sin darnos cuenta de las capas subyacentes que lo construyen, ¿verdad? Al principio, era como una ventana nueva, una herramienta. Hoy, sin embargo, esa ventana se ha convertido en una especie de lente a través de la cual no solo vemos, sino que también somos vistos y, en gran medida, moldeados. Pienso en cómo el simple diseño de una interfaz, la colocación de un botón, el flujo de notificaciones, no son meras decisiones estéticas o funcionales, sino que actúan como sutiles arquitectos de nuestra atención y, por ende, de nuestra experiencia. Marshall McLuhan nos lo advirtió hace décadas con su célebre “el medio es el mensaje”. La irrupción de los nuevos medios digitales ha precipitado una reconfiguración sustancial en la arquitectura de la cognición humana y en las dinámicas de interacción social, una transformación cuya celeridad y profundidad excedieron, con probabilidad, las proyecciones iniciales. Cada ciclo de desplazamiento vertical en pantalla (“scroll”), cada interacción de validación social (“like”) emitida o recepcionada, y cada sistema algorítmico de recomendación de contenido, opera convergentemente para remodelar las conexiones sinápticas, las estructuras expectacionales e, inclusive, los umbrales de tolerancia temporal. Se plantea, por ende, la interrogante sobre el grado de consciencia que poseemos respecto a esta orquestación algorítmica subyacente que direcciona nuestra navegación en el ciberespacio y, de forma creciente, permea nuestra existencia tangible.
Dicha influencia trasciende el mero ámbito digital, extendiendo sus ramificaciones hacia la estructuración de la vida cotidiana, la valoración del recurso temporal y, de manera crítica, la conceptualización del valor intrínseco. Es en este contexto donde la noción de tokenizar la atención adquiere una relevancia tanto disruptiva como potencialmente perturbadora.

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Es que, desde siempre, la atención ha sido como una moneda de cambio, ¿verdad? Desde el pregonero en la plaza hasta el anuncio superespecífico que te persigue por internet. Pero ahora, con esto del blockchain, la cosa podría dar un vuelco total. Imagina que la atención se convierte en una especie de “dinero digital” que se puede pasar de unos a otros y cuya autenticidad está garantizada. Piénsalo así: ¿y si cada minuto que pasas viendo un vídeo o leyendo un artículo te diera a cambio una pequeña parte de una criptomoneda? Para los que crean cosas, sería una forma de ganar dinero sin tantos intermediarios.
Pero claro, aquí es donde uno se pregunta: ¿qué pasaría con la curiosidad de verdad, con el interés genuino, si cada clic tiene un precio o una recompensa? ¿Empezaríamos a consumir cosas solo por lo que nos “pagan” en vez de por lo que realmente nos aportan? Ya lo decía Michael Sandel en su libro “Lo que el dinero no puede comprar”: meter incentivos económicos donde no pintan nada puede cargarse valores y actitudes que ya teníamos. Si todo, absolutamente todo, se puede convertir en “tokens”, ¿qué quedaría fuera de esa lógica de mercado? Y otra cosa: ¿qué pasaría con la calidad y la variedad del contenido si estos sistemas de blockchain premian lo que llama la atención rápido, aunque sea superficial, dejando de lado lo que invita a pensar más despacio? Podríamos acabar en un mundo donde la atención es un juego, una carrera por estímulos cada vez más fuertes, y donde apenas quede sitio para pararse a pensar o simplemente contemplar.

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Este cambio radical en cómo vemos y “comerciamos” con la atención va de la mano, y de forma bastante enredada, con las promesas y los líos de los sistemas descentralizados. La idea de una red sin un jefe supremo, donde el poder está repartido y las decisiones se toman entre todos, suena muy bien, ¿verdad? Nos recuerda a la autonomía, la transparencia, a poder decir lo que piensas sin miedo a que te callen. Imagina un espacio donde las reglas no las pone uno solo, sino que nacen del acuerdo de la gente que está ahí. Pero ojo, que esta aparente utopía de autogobierno también tiene sus buenos dilemas éticos y filosóficos, y no son moco de pavo. Si aceptamos eso de que “el código es ley”, ¿qué pasa cuando ese código, escrito por humanos que metemos la pata, tiene fallos, prejuicios o simplemente no puede prever todas las vueltas que da la vida y las relaciones entre personas? ¿Quién paga los platos rotos cuando un “contrato inteligente” de estos hace algo con consecuencias chungas que nadie esperaba?
La descentralización puede hacer que la responsabilidad se diluya tanto que al final nadie se haga cargo. Es un poco como lo que Hannah Arendt llamó la “banalidad del mal”, aunque hablaba de otra cosa, claro. Pero esa idea de cómo la responsabilidad de uno se esfuma en sistemas muy grandes y complejos, podría tener algo que ver. Arendt vio en el juicio de Eichmann cómo gente normal podía hacer barbaridades, amparándose en que “solo cumplían órdenes” dentro de una maquinaria burocrática. Aunque esto es distinto, la pregunta sigue ahí: ¿quién es responsable cuando la culpa es de todos y de nadie a la vez?
Y luego están las DAOs, esas Organizaciones Autónomas Descentralizadas. Ahí, muchas veces, quien más tokens de “gobernanza” tiene, más manda. Suena democrático, pero... ¿no estaremos copiando, o incluso empeorando, las desigualdades de poder que ya vemos en el mundo real? Si los que tienen más tokens tienen más voz, ¿no estamos creando nuevas élites digitales, una especie de oligarquía 2.0? ¿Cómo nos aseguramos de que todo el mundo pueda participar de verdad y que las decisiones busquen el bien de todos, y no solo el de los “peces gordos” que más han invertido?

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Llevamos siglos, desde la filosofía política, dándole vueltas al contrato social, a cómo repartir la riqueza de forma justa y a quién tiene derecho a mandar. Desde Hobbes y su “Leviatán” hasta Rawls y su “Teoría de la Justicia", hemos intentado montar sociedades que encuentren un equilibrio entre la libertad de cada uno, el orden para todos y la justicia. ¿No estaremos llevando todos estos líos al mundo digital sin los paracaídas o los espacios de debate que, con todos sus fallos, hemos intentado crear en las democracias de toda la vida? ¿O será que, al contrario, tenemos la oportunidad de diseñar sistemas mucho más justos, siempre y cuando seamos capaces de manejar estos temas éticos con cuidado y pensando bien las cosas?
Y aquí volvemos al tema del diseño tecnológico, que es clave en todo esto. Cómo estén construidas estas plataformas, cómo nos relacionamos con ellas a través de las pantallas, y los algoritmos que deciden, qué propuestas vemos y cuáles no… todo eso influye muchísimo en sí podemos participar de verdad y de forma ética. Si la pantalla es un lío, si para entrar necesitas ser un genio de la informática, o si la información importante está escondida y es difícil de encontrar, ¿no estamos levantando muros invisibles que dejan a gente fuera, aunque parezca que todo está abierto para todos? Sherry Turkle, en su libro “Solos juntos”, ya nos avisaba de cómo la tecnología, que promete conectarnos, a veces nos aísla más o hace que nuestras relaciones sean más de postureo. Si al final nuestras interacciones en estos nuevos espacios digitales se limitan a comprar y vender, movidas por la economía de la atención y a través de cacharros que no invitan a pensar en profundidad, ¿qué clase de comunidad estamos montando?
El equilibrio “adecuado” es probablemente un tema de debate social continuo y dependerá de nuestros valores y prioridades. Requiere una cuidadosa consideración de los posibles beneficios y riesgos, así como una reflexión ética continua a medida que la tecnología avanza.
Vamos, te esperamos en la Comunidad #Humanitas en su acostumbrada iniciativa de un tema para cada día. Quizá se anime la amiga @sacra97, @cositahermosa, @cirangela o la amiga @beaescribe.
INICIATIVA: Un temα pαrα cαdα dı́α (junio 2025)

Portada de la iniciativa
Dedicado a todos aquellos que, día a día, con su arte, hacen del mundo un lugar mejor.


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