Últimos servicios

in Literatosyesterday

…se quedaron en silencio, mirando la puesta de sol,
hasta que el último rayo de aquel día abandonó las nubes.

Sus almas rezaban y daban gracias por estar juntas.

Brida
Paulo Cohelo


fuente

Hacía más de un año que llevaba recibiendo terapia. Supuestamente me iba mejorar… o al menos eso fue lo que dijeron los doctores. De verdad no sé cómo una terapia iba a cambiar o eliminar, las causas que me llevaron al fallido intento de suicidio.
Aquellas sesiones solo remplazaron un motivo por otro: o me mataba cuando me despidiera mi jefe, o cuando la doctora nuevamente comenzara su letanía. El día de mi última reunión, solo me hacían preguntas sobre lo que pensaba hacer en el futuro, cómo iba a ganarme la vida y otras por la misma línea. La verdadera decisión no se las dije, esa me la reservé. Solo escucharon de mis labios lo que querían oír. Realmente no puedo decir que durante las terapias no recibí ayuda de su parte, ya que ellos mismos fueron los que me dieron la idea de lo que en el futuro inmediato haría para buscarme el pan.
Llegué a mi casa luego de salir a la carrera de la clínica. Organicé los objetos del garaje y boté aquello que no iba a utilizar. Complacido por lo hecho, al concluir, eché un vistazo a mi obra y me retiré a dormir. Al rayar el alba obtuve mi licencia de proveedor de Últimos Servicios.
Claro está que nunca expliqué a cabalidad de qué iba mi negocio.

Colgué el cartel publicitario bien visible en la entrada, y con lo que me quedaba del dinero ahorrado en el hospital, compré los materiales e insumos que necesitaría en el futuro. Imprimí volantes y tarjetas promocionales, que repartí en las reuniones de terapia que sesionaron esa semana para personas que, como yo, habían dudado -o arrepentido- quitarse la vida en el último instante.
Un día vino mi primer cliente. Entró por la puerta con temor, miraba a su alrededor con ojos llorosos.
—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarlo? —saludé de forma afable.
—Buenos días —repitió si fijar la vista en mí—, ¿es cierto esto que pone en su volante?
—Cada palabra —respondí reprimiendo mi alegría.
—¿Y qué lo hace usted experto en… eso? —preguntó aún sin establecer contacto visual.
—Aprendí todo en carne propia, a ensayo y error se puede decir. Me di cuenta que hacerlo uno mismo puede resultar difícil y doloroso. Pero eso, tanto usted como yo, lo sabemos por experiencia. Mírelo de esta manera, si le proporciono su Último Servicio ambos ganamos: yo, mi comisión, y usted de esta manera, no comete pecado ni va al infierno.
—¿Es seguro?
—No puede fallar. Además, usted mismo puede escoger el método. Los catálogos están en las paredes laterales junto a lo demás que ofrezco… si tiene alguna sugerencia, puede decírmela. Con gusto intentaré complacerlo, siempre y cuando no vaya en contra de mis políticas establecidas en el volante.
—Bueno, si es así… tengo que pensarlo. Si me decido, vengo a verlo mañana.
Me dijo y se despidió.
—Piénselo bien y me dice —le sugerí—. Si se arrepiente…de todas maneras estaré aquí todos los días.
La mañana siguiente me recibió tan tranquila como sus precedentes. Ya mis ahorros se estaban agotando. Si no recibía algún interesado pronto, mi propio negocio vendría perfectamente para mi uso personal.
Qué ironía.
Con el ocaso, entró el señor del día anterior carpeta en la mano. Trajo consigo la totalidad de lo que pedía en los volantes: dinero en efectivo, comprobante del banco, testamento (aunque este era opcional) y, por supuesto, la declaración jurada, donde se registra, estar de acuerdo a realizar el procedimiento elegido por él, firmada por un testigo.
Mi regocijo fue inmenso. Enseguida me puse en marcha y realicé los preparativos para que el cliente tuviera la máxima comodidad. Josh (ese era el nombre del usuario) había elegido la alternativa cinco. Esta tenía lugar en la cama. Era la más cómoda y tranquila de todas, tanto para él como para mí. Se acomodó encima del colchón lo mejor que pudo. Le pregunté si prefería música y asintió.
La puse.
Me acomodé a horcajadas sobre su pelvis, y lo veía sonreír mientras le ataba las manos. Tomé el almohadón y con suavidad lo coloqué sobre su rostro. A medida que los segundos se sucedían, yo mantenía la presión; sobre todo al comenzar los espasmos. Sus gemidos y gritos ahogados acompañaron perfectamente el ritmo de la música. Al parecer, por azar había realizado una buena selección. Mientras seguía en la espera, a punto de terminar el trabajo, pensé en dejar aquel repertorio para esa alternativa. Diez minutos más tarde de la última sacudida, retiré la almohada y ahí estaba: un cliente satisfecho. La sonrisa de felicidad en su rostro era algo exquisita a la vista; un poco arrugada por la tela, pero eso no era asunto relevante. El trabajo había sido cumplido y, sobre todo:
Él era feliz.
Como me había pedido, explícitamente -por anticipado y por escrito-, llamé a su mujer. Esta se encontraba en casa de su amante tal y como había predicho. Josh me había proporcionado el número. Le di la noticia a su viuda y le pedí que recogiera a su esposo en la funeraria. Los gritos de histeria de la señora me hicieron pensar “hay que hacer algo al respecto”. No era posible que en cada trabajo tuviera que aguantar tan grande hipocresía.
La noticia de mi negocio se propagó como la peste por el estado. Entraban tantas llamadas para averiguar sobre mi negocio que pensé en contratar una secretaria. Y así lo hice. Contraté a una muchacha que encontré en un centro de rehabilitación un día de esos que repartía mis volantes. Lucy había ingresado por adicción a la marihuana, e igual que me pasó a mí, no solucionaron su problema en absoluto. Lo que lograron fue transformarle una adicción en otra. Es cierto, había olvidado aquella por la que ingresó, pero una peor –y legal- fue la que ocupó su lugar: el dulce.
La contraté por caramelos. Agregándole la facilidad que al final de su contrato podía elegir una alternativa como Último Servicio. Entre la crisis económica y Lucy (que tenía una imagen que al verla sentías ganas de morir), desde esa semana los clientes me llovieron. Menos mal que la tenía a ella, quien, pese a su adicción y diabetes, era buenísima con los números. Lucy llevaba lo contable, y me pude dedicar por entero la parte creativa.
Algunos de mis consumidores argumentaron hallarse bastante apurados; esos eran los que menos daban ganas de atender. Siempre pedían lo mismo: tiro en la cabeza, en la boca y cosas así. Ni en el mayor de los aburrimientos, a Lucy le animó el mínimo ver esos trabajos. Aunque, hay que reconocer que otros se esforzaron en ser originales, y querían concluir su existencia igual que Hemingway, por lo que tuve que comprarme una escopeta idéntica.
Si bien, hubo días bastantes entretenidos y clientes muy interesantes. Atendimos a una señora, que estaba en sus cuarenta, había sido ayudante y eterna amante de un director musical famoso. Ella fue su admiradora más ferviente. Su obsesión llegó hasta el punto de querer irse igual que él. Para eso: tuve que casarme con ella, cegarla, asistirla en su final y terminar el trabajo de un disparo.
Otra que recuerdo con agrado fue la señora Pimpet. Su mayor frustración había sido no llegar a ser periodista y no quería irse de esa manera. Lucy grabó todo cámara en mano, mientras la amable señora hacía un testamento digital en forma de noticia. Luego, me le acerqué por detrás le disparé en la cabeza, mientras Lucy aún filmaba. Linda cliente aquella.
Otro aspecto interesante de mi negocio eran los destinos de los cuerpos. Algunos querían ser enterrados en los lugares más extraños (y por consiguiente más caros), como la Siberia, el jardín de su vecino, o quemado en una hoguera. Hubo un hombre al que la mujer lo tenía loco con el asunto de la comida. Él me hizo molerlo y dárselo a la esposa en bolsas de picadillo. Su último sacrificio. Eso sí era amor.
Aunque tenía lados buenos, también tenía sus malos. Varias veces tuve que hacer de tripas corazón, para decirle no a aquellos adolescentes que venían a diario a solicitar mis servicios. He tenido a lo largo de mi carrera clientes con razones serias de veras, otros con algunas para nada convincentes y unos que no me dijeron en absoluto sus motivos. Pero estos ya eran personas mayores. ¿Quién no se ha sentido igual que esos muchachos en la adolescencia y han querido morirse? Los jóvenes de esa edad siempre tienen las excusas más tontas y superficiales de todas. Aunque la mayor razón por la que no los atiendo es que no tienen forma de pagar lo que pido por mi trabajo.
Pasaron años y mi fama llegó a ser mundial. Llegué a trabajar para artistas famosos, embajadores y presidentes. Escribí un libro, o, mejor dicho, un manual de procedimiento. Me entrevistaron en la televisión, e incluso llegué a poner un comercial en el horario de la telenovela.
Pensé que mi felicidad estaba completa, hasta que Lucy me presentó la carta de renuncia. Nunca creí que ese nefasto día llegaría.
Pensándolo bien, se había demorado bastante. Los años no habían sido nada amables con Lucy. Le habían cobrado por la diabetes, varios dedos, una pierna, y amenazaba con la otra. Intenté convencerla ofreciéndole un aumento de sueldo y vacaciones pagadas. No me imaginé el trabajo sin ella. Mi compañera de los años. La inspiración y alma de tantas alternativas. Sin embargo, no era solo la baja lo que quería mi amiga, sino también que probara en ella nuestro último invento.
Veníamos trabajando en él desde hacía un mes y algo, casi lo teníamos concluido. Al inicio me mostré reacio a conceder el deseo de Lucy, aunque al final accedí. ¿Cómo decirle que no a ella? No obstante, no era mi intención que lo hiciera sola. Busqué las tarjetas de contactos que tenía, de todas aquellas personas que habían reservado turno conmigo. Incluso, algún que otro adolescente de esos que se pintan los ojos de negro, y el pelo cubriéndoselos, se sumó a última hora. De repente, tuve a decenas acampadas frente a mi casa.
Les hice una oferta que ninguno rechazó.

Para la noche teníamos todo listo. Nuestra última alternativa tenía lugar en un espacioso loft que habíamos adquirido especialmente para aquello. Abrí la puerta de la habitación y entraron. Enseguida se dirigieron hacia el bufet. Bailaron y jugaron como en sus mejores días de infancia, mientras que de los reservados salían gritos y gemidos de placer. Los observaba a través del cristal de la ventana mientras subía el interruptor liberando el éter que suponía el fin esa nueva alternativa creada por nuestro talento. Nunca había visto tanta felicidad en mi vida y Lucy disfrutaba de un buen pastel entre beso y beso de los chicos que tenía a cada lado.
—¿Qué haces aquí? —preguntó ella asustada cuando me vio aparecer.
—Quiero probar esta alternativa contigo —le respondí—. El éter casi no se siente. Es perfecto. Bastante divertido.
—Vete. Corre. Sabes cómo termina esto —me apuró.
—Como mismo empezó —repliqué mientras la besaba—, con una sonrisa en los labios.

Y esa es la historia de mi vida. Siempre trabajando para el prójimo. Todo por ellos. Por ella. Nunca pensé en mí. Y, sin embargo, usted me dice tan fácilmente a la cara, que no puedo entrar aquí al cielo. Que tengo que bajar.

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