
Al principio, la palabra era arte,
era poesía,
y aquello que traducía la voz del que siempre labra en nuestro sino
macabras y buenas cosas.
Aprovecho y digo que:
no hay nada hecho en el arte sin ella.
Dos cosas eran:
ella y Dios.
Que es lo mismo por derecho.
Puesto que ella
siempre viva,
Es la vida de los hombres y mujeres.
No te asombres,
que también la narrativa y el teatro se perciba
como luz en las tinieblas,
como guía en esa niebla que recubre tantos ojos
cegados por los despojos,
Mas, su luz nunca se quiebra.
La luz,
la vida,
en el mundo vino a dar el testimonio de aquellos con sus demonios internos muy bien profundo.
La palabra
que fecundo con mi voz, y así creyecen en ella,
es de las que crecen por dentro y te alimentan el alma.
Para que sientan:
La luz
no es para que recen.
Aquella luz verdadera vino a corregir lo que hecho estaba,
pero mal.
Lecho que recibe,
persevera
así, sea la tercera vez que la luz lo corrija.
La palabra
los cobija,
crea,
ella nunca destruye.
El buen arte
jamás le huye al que en él se regocija.
Todo aquel que así lo entienda,
como arte:
LITERATURA (en mayúsculas)
bien dura que les viene la contienda, en busca de aquel que encienda la llama:
que arda la paja y quede el oro;
el que encaja sin hacerlo.
Voluntad de escribir.
La potestad de elegir nuestra mortaja.
Y en carne se volvió el verbo en nosotros:
los que creen en el arte,
y que lo ven como imprescindible acervo de lo que somos.
Conservo la gloria llena de gracia y de verdad.
No es falacia decirte que escribir viene antes
y después.
Previene todo por antonomasia.
Viene primero que yo,
pues la gracia y la verdad viven en las palabras,
dad por hecho
-concluyó el poeta-
aquel que huyó del arte, ¿cuál incentivo tiene en la vida?
Arribo a la conclusión que aquel que huye
o mejor dicho,
aquel
que huyó,
lo hizo sin motivo.

