El camino del Panda

in Literatos26 days ago

*Mi esposa y yo, que no creemos en aparecidos de medio día, nos burlamos de su credulidad. Pero nuestros dos hijos, de nueve y siete años, se pusieron dichosos con la idea de conocer un fantasma de cuerpo presente. *
Espantos de agosto
Gabriel García Márquez


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Nadie le prestaba mucha atención. Las veces que lo veían caminar por las calles, el que más reparaba en su presencia, solo levantaba la vista un instante hacia él, pero era como si mirara al fondo de un estanque, sin saber exactamente qué era lo que se veía en realidad… ni le interesaba saberlo; luego, continuaba en sus asuntos. Otros, debido a lo desagradable del aspecto, sucio, grande, velludo, desgreñado del bizarro ser, desviaban la mirada de la misma manera de los habitantes de Fantasia lo hacían al toparse con la Nada. Era una mezcla de oso humanoide con el kaonashi del Viaje de Chihiro. Con el paso del tiempo, al no conocer su nombre, comenzaron a llamarlo, con ironía: “el Panda”, por su vestimenta constituida por harapos de parches blancos y negros.
Si no llega a ser por la espera del comité de selección de ciudades modelos, no lo hubiera prestado atención. Fue en esa época en que se narran los hechos siguientes, en la que comenzaron a hacerlo, debido a lo bizarro de su apariencia. Aunque aún no se sabe el por qué. Vieron que el Panda se paseaba diariamente por las calles de la ciudad, arrastrando sus harapos por el suelo. Algo más inaudito era su vello axilar, que colgaba de manera antinatural y anti higiénica en forma de cola de novia por el pavimento, confundiéndose a veces con el –en apariencia interminable– cabello y pelo corporal. Entre los andrajos y vellos asomaban latas, papeles, hojas, basura y ramas que eran arrastradas en su diario caminar. Un residente de la ciudad aseguró ver un día, lo que parecía ser el cadáver de un gato muerto; pero fue un suceso que nadie pudo corroborar.
Desconocían su procedencia o hacia dónde dirigía su deambular. O qué bebía o cuál era su alimento favorito. Pensaban que lo hacía de las cosas que obtenía de la basura o encontraba en la calle. Tampoco nadie se le acercaba para averiguarlo, cuando se les preguntaba por qué, siempre alegaban estar demasiado ocupados en el cuidado de sus casas y pueblo; el cual había sido por tres años consecutivos ganador del concurso de Ciudad Modelo y de los premios de belleza e higiene del país. De repente, después de todo el tiempo que llevaba el Panda entre ellos, ahora estaban preocupados que por su culpa pudieran perder en aquella edición. Quizás les preocupaba el hecho que ningún pueblo había logrado ganar cuatro años consecutivos. Quizás fuera que ese año fue cuando vinieron a notar la presencia del extraño ambulante. Era improbable, pero no imposible. La realidad era que perder aquel título, aparte de una deshonra para ellos, significaba menos afluencia de turismo y otras pérdidas financieras. Aquel título era vital para sus vidas y eso era algo que se tomaban demasiado en serio.
Sin embargo, el Panda no parecía preocuparse por aquello. En realidad, no parecía interesarse por nada que no fuera errar por toda la ciudad incluso antes de rayar el alba. Arrastraba su suciedad sin rumbo fijo, sin horario, solo hacía caminar con sus vellos por el suelo. Eso es lo que pensaban todos. Las personas comenzaron a mirarlo con asco, luego desviaban la vista con muecas en sus rostros y cruzaban la calle cuando coincidían de frente. Pero el caminar perpetuo del Panda no cesaba ante nada de eso. Ni siquiera cuando se acercó la fecha de la inspección, a realizar por los delegados enviados a evaluar la ciudad para la competencia. En aquellos días, muchos de los habitantes “más comprometidos” con el cuidado e higiene de la ciudad, se acercaron al Panda –no mucho. Temían compulsivamente acercarse a las “cosas sucias”–, para pedirle que dejara la ciudad, sino permanentemente, al menos durante el período de inspección. Aunque la opción de irse para siempre era la ideal. El Panda no les dijo nada, no se inmutó ni detuvo su paso. Parecía que solo existía para arrastrar sus harapos y vellos axilares por las calles.
Una mañana, una familia esperaba que recogieran la basura. Habían colocado las bolsas en la acera, como hacían a diario. Quince minutos después, cuando se alistaban para partir a su rutina, quisieron asegurarse de que las hubieran recogido. En cambio, vieron que aún seguían allí y comenzaron a ponerse nerviosos. La visita de los inspectores era siempre sorpresiva, podían llegar en cualquier momento. Temían que estos llegaran antes que la recogieran.
Debatían si debían llamar al alcalde o entrar las bolsas a la casa cuando vieron al Panda caminando en dirección a ellos. Su lento caminar era una amenaza adicional que alimentó el temor a la descalificación… o peor: vergüenza, si aquella escena era vista por los inspectores. Casi sin pensarlo, tomaron piedras y palos y se los lanzaron al pobre caminante, quien solo atinó a cubrirse y modificar su dirección, dejando de lado a sus atacantes. Le gritaron obscenidades e insultos de todos tipos. Toda la frustración contenida por el tema de la no recogida de desechos, fue dirigida hacia el Panda.
Los vecinos cercanos al altercado, salieron a mirar lo que sucedía. No era nada normal ese tipo de situación en aquella ciudad, donde todo era siempre paz y tranquilidad. Sin embargo, al ver a la alterada familia lanzándole objetos e insultos al Panda, e informarse de la delicada situación en que se hallaban todos por el tema de la basura, uno a uno fue sumándose en la reyerta contra el Panda, quien, por primera vez en los años que llevaba deambulando por el pueblo, fue visto correr. Huyó de sus agresores y ataques, los cuales fueron escalando desde pequeñas rocas y maderas, hasta tubos metálicos, botellas, armas blancas y punzantes. Hombres, mujeres y niños salieron a las calles detrás del Panda quien huía con los vellos flotando en el aire tras sí.
Varias botellas y piedras pasaron por su lado. Otras encontraron su anatomía dejando dolorosos moretones y cortes. Algunos proyectiles impactaron sobre latas que tenía enredadas en su ropa y pelaje, pero otras dieron en botellas, rompiéndolas en miles de filosos pedazos. Pero no dejó de correr. Esta vez no corría sin rumbo. En su huir se notaba un camino predeterminado: Se dirigía a su casa.
El pueblo siguió el rastro de sangre hasta la periferia, donde comenzaba el bosque. El Panda se adentró en la foresta, con la esperanza que dejaran de acosarlo; pero sus perseguidores habían probado sangre, y como depredadores implacables, no dejarían escapar a su presa. Corrió lo más rápido que pudo hasta llegar a un claro lleno de basura. Montañas y montañas de basura. Toda clasificada en reciclable, no reciclable, tóxica, cristal, cartón, papel, plástico y otros. Justo al llegar se detuvo y miró hacia atrás. La sangre empapaba su pelambre y goteaba en el suelo. Aún lo perseguían, pero había ganado una ventaja de un par de minutos, la suficiente para esconderse. Estaba seguro que sus siempre “pulcros” atacantes no entrarían a perseguirlo a ese lugar. Demasiado sucio para tolerarlo. No eran de los que se ensuciaran las manos para alcanzar su objetivo. Con esa idea en mente se adentró en aquel inmenso laberinto de desperdicios.
La turba llegó al límite que separaba el bosque de la basura. «¿Qué es esto?» Preguntaron algunos, «Debe ser el vertedero municipal» Decían otros, pero nadie tenía la seguridad, porque nunca había ni ido ni escuchado de él. Sin embargo, la lógica les dijo que debía existir en algún lado, porque si no ¿a dónde iba su basura? Vieron la sangre en el suelo y el rastro dirigiéndose hacia las lomas de desperdicios.
Como bien había pensado el Panda, ninguno de ellos se atrevió a entrar. No obstante, tampoco cedían en su empeño de castigar y erradicar la amenaza que constituía su presencia. No sabían qué hacer. Algunos lanzaban piedras hacia las montañas de basura con la esperanza de hacer salir a su presa del escondite en que estuviera metido. Infructuosamente, para sus pesares. Hasta que apareció uno con una antorcha confeccionada con palos y ripios de su camisa. La lanzó hacia el vertedero y con tanta suerte, prendió fuego a una de las pilas de papel. Las llamas se propagaron a gran velocidad de pila en pila hasta cubrir la totalidad del vertedero.
Allí se quedaron todos, admirando la gran hoguera que eliminaba cualquier rastro de su cacería matutina. El fuego estuvo ardiendo por horas, y hasta que no se consumió la última llama, los residentes de aquel “pueblo modelo”, no regresaron a sus tranquilas y limpias vidas. A sus rutinas. Se asearon, vistieron, se sirvieron un almuerzo tardío y sacaron la nueva basura antes de irse a sus obligaciones diarias.
Como si nada hubiera pasado.
En la noche, el pueblo volvió a entrar en caos total. Al regresar a sus hogares las bolsas de basura seguían en el mismo lugar. Las matutinas y vespertinas. Las calles estaban cubiertas de los proyectiles que le habían lanzado al Panda, las hojas caídas de los árboles, los excrementos de las aves y otros animales. Las bolsas apestaban a comida descompuesta y otros desechos. Aquello se parecía en gran manera al basurero donde se había escondido el Panda pocas horas atrás.
Al instante comenzaron a llamar al alcalde y los representantes del gobierno local para pedirles explicaciones. Pero los gobernantes estaban tan perturbados y desorientados como sus gobernados. Ninguno se había preocupado, en los cuatro años de fundado aquella ciudad, en averiguar el teléfono de los servicios comunales. Mucho menos en interesarse quiénes eran. La basura siempre era recogida, así que nunca hizo falta. Simplemente, no existía.
Comenzaron a preguntarse cómo era posible, pero ninguno encontraba una respuesta lógica a la situación. Hasta que una niña, una de las que había participado esa mañana en la cacería del Panda, dijo «¿No sería el Panda quien barría con sus pelos?» Fue silenciada con risas ante lo alocada de la idea, mientras esta fue corriendo de boca en boca de los residentes. Luego, estas se callaron y poco a poco se fueron mirando unos a otros, dándose cuenta de lo que habían hecho.
Otra vez el pueblo entero echó a correr hacia el vertedero. Ignoraron a los autos que se parquearon frente al edificio del gobierno de la ciudad, de los que, unos bien vestidos y pulcros señores, desmontaron y vieron pasar la maratón hasta perderse en el bosque. Corrían a rebuscar en las cenizas de su crimen a la única persona, –o ser, para algunos–, que los podía salvar de la basura de vida en la que estaban viviendo.
Por supuesto, ese año quedaron descalificados inmediatamente. Meses después conocieron que el ganador fue un pequeño pueblo, a unos kilómetros de allí, que se había vuelto medianamente famoso, por acoger entre ellos a una extraña y velluda criatura que, desde hacía un corto tiempo atrás, recorría sus calles desde antes de rayar el alba, arrastrando latas y basura entre sus pelos.

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