Hola amigos y comunidad de Holos&Lotus.
Muy emocionante me ha resultado escribir para esta dinámica propuesta por @maylink, a quien agradezco la oportunidad del siguiente recorrido íntimo:
He escuchado la frase "la familia no se elige". Casi siempre para resaltar el rechazo hacia un padre o un hermano.
Mi experiencia ha sido muy distinta. He tenido la Gran suerte de disfrutar unos padres admirables, que se amaron muchísimo, que se comprendieron y que nunca discutían. Al menos no delante de sus hijos.
Solían reír, conversar mucho, y tomaban decisiones de mutuo acuerdo.
Le agradezco mucho a mi madre, además del cariño oceánico que me transmitió, su sentido del bien y sus lecciones de vida que aún me acompañan, como buenas consejeras, ante los conflictos y vicisitudes cotidianos.
Ella no provenía del mundo de las letras. Su pasión eran las artes plásticas y su oficio, el dibujo técnico; pero tuvo el cuidado de nutrir el librero de la biblioteca familiar con innumerables libros infantiles que me leía durante las tardes y las noches, así como diversas novelas de Julio Verne y Alejandro Dumas que colocaba en primera fila al alcance de mis manos infantiles. Tales lecturas despertaron mi gusto por lo maravilloso.
Gracias a su dedicación, antes de entrar al primer grado de la escuela primaria, ya yo sabía escribir todas las vocales y algunas consonantes.
Ella acostumbraba a cantar con su voz dulcísona (que nunca explotó de forma profesional), para regocijo de la familia; y conocía casi todas las canciones populares que en el mundo han sido.
"Abuela tiene un estribillo para cada situación", dijo una vez mi sorprendido sobrino, mientras intercambiábamos risueñas miradas.
No solo era una mujer buena, bella y de carácter afable, también poseía una tenacidad extraordinaria que me enseñó a apreciar y poner en práctica. "Si vas a hacer una cosa, termínala. Si no vas a terminarla, no la empieces", me amonestaba, severa, cuando yo dejaba alguna labor a medias, o no la finalizaba con entusiasmo.
Reía hasta desmorecerse, sobre todo con los chistes de mi padre quien, a semejanza de Chaplin o Buster Keaton, mantenía comúnmente un semblante grave (o ligeramente burlesco), que contrastaba con lo desternillante de sus propias bromas.
"La Gorda para mí lo es todo. Mi novia, mi esposa, mi amiga, mi hermana", me confesó, conmovido, en una ocasión. Y enseguida añadió: "Y claro, la madre de todos ustedes".
Creo que heredé el sentido del humor de mi padre más por imitación que por talento propio, pues él no bien olisqueada un momento solemne o difícil, lo allanaba mediante una estocada cómica que arrancó no pocas risas familiares y sociales que aliviaban los momentos dramáticos.
También trabajaba duro. Fue ingeniero hidráulico e inversionista. Al presente es mi paradigma de laboriosidad infatigable.
En el plano espiritual le agradezco muchos de sus consejos y observaciones, más una singularidad: Pese a ser un ateo convencido, conservó los libros de metafísica, heredados de su tío abuelo teósofo. Gracias a ese gesto, pude acceder durante mi adolescencia a algunas de las obras de Annie Besant, el obispo Leadbeater y Krishnamurti; lo cual me condujo, por etapas, hacia la filosofía antigua, el espiritismo y el vitalismo de los pensadores decimonónicos.
La convicción de que hay vida después de la muerte ha expandido mi pensamiento y sensibilidad hacia regiones que exceden la temática de esta dinámica.
Pero esa creencia y esa expansión espiritual se las debo a mi padre, que nunca objetó que yo leyera o aprendiera lo que deseara, aunque fuese incompatible con su ideología.
Por su parte, él practicaba el carpe diem, blandiendo su personal toque de humor negro: "Vamos a hacer esto hoy, que a lo mejor mañana amanezco con la boca llena de hormigas", decía para denotar lo que debía realizarse en el momento justo. En el hoy. En el ahora. Ya.
Es profunda mi gratitud por haber conocido y convivido con esos dos seres tan especiales.
Tras la muerte temprana de mi padre, mi madre le sobrevivió 19 años. Nunca perdió la sonrisa, el sentido del humor ni la cordialidad, pero no volvió a casarse, ni aceptó relación romántica alguna. Al respecto, sus hijos jamás la presionamos ni a favor ni en contra y, claro está, entendíamos hondamente su decisión.
"La familia no se elige", suele decirse peyorativamente. Yo, en cambio, me siento muy afortunado, y le estoy totalmente agradecido a Dios (o a Marx, diría mi padre humorísticamente), el haberme ofrecido la posibilidad de amar y ser amado por esos dos seres magníficos que fueron y son para mí: Romeo y Julieta, la Gorda y el Flaco, Javier y Corina, el Ying y el Yang infinitos...
Ya nos volveremos a encontrar, Amores míos.