
Con ocho años ya cumplidos en el mes de agosto, Clara Luna era la más alta de la fila para recoger su almuerzo en la escuela, y su cabello el más singular. Nadie sabía como su mama se las arreglaba para hacerle un peinado diferente todos los días de cada semana y cada mes. Trenzas de seis cabos, moños triples, carreteras serpenteantes desde la frente hasta la oreja, formas hexagonales perfectas… nada, que definitivamente era una artista o una matemática obsesionada con las figuras geométricas.
Clara Luna estaba muy lejos de ser una niña común, o al menos así pensaba el barredor de calles del barrio, su maestra de geografía, el niño de la tercera mesa, el vigilante del club de computación… en fin, todos.
Cada mañana, Clara Luna le robaba al barredero de calles de su barrio las latas que el buen hombre recolectaba en la basura y las organizaba por orden de tamaño y forma en la próxima esquina.
No le gustaba la Geografía. Eso de buscar ciudades en el mapamundi, y de decir latitudes y longitudes le sacaba de sus cabales. Toda la clase se la pasaba con la cabecita baja y no emitía ni una palabra. No abría los ojos. Daba la impresión que pensaba que el Atlas le mordería una mano o que el Globo Terráqueo era un monstruo de seis patas con unas enormes garras ardientes.
El niño de la tercera mesa de la derecha del aula sabía que Clara Luna no era como el resto de las niñas aunque no lo podía explicar. Su mirada era tan diferente, sus ojos parecían pequeñas grietas, su piel oscura y brillante y la sonrisa permanente y luminosa no dejaba que Teo, apartara su vista de ella durante todo el recreo.
Clara Luna nunca iba sola a la escuela pero su mamá siempre le dejaba ir delante, como quien suelta una mariposa y luego la sigue a ver si ha podido encontrar el arcoíris.
El vigilante del Club de Computación siempre le guardaba un marpacífico o una pequeña flor de vicaria blanca para que la niña le llevara a la maestra. Si él no estaba en la mañana porque estuviera de vacaciones, o se hubiera acatarrado, ella se negaba a ir a la escuela. Sin esa flor, no podía haber clases.
A pesar de lo que los médicos un día le dijeron a la mamá de Clara Luna acerca de sus padecimientos y síndromes, ella era una niña saludable. Casi nunca se resfriaba y su apetito era voraz, por eso, cuando llegó el invierno del año en que cursaba el quinto grado, la mamá noto que la niña comenzó a bajar de peso, y aunque le daba grandes meriendas y al parecer se las comía sin reparos, cada vez el uniforme parecía más grande y se le veía más flaca.
En quince días, a Clara Luna le hicieron cientos de exámenes de sangre, radiografías, visitas a médicos raros y serios pero todo parecía normal.
La mamá visitó la escuela, habló con maestros, directores, pero no había nada fuera de lo que comúnmente ocurría a la hora del almuerzo y la merienda. Ella odiaba comer en las mesas y le dejaban llevarse su merienda y almuerzo para
comerlo sentada donde ella eligiera.
Generalmente lo hacía al lado de las flores de la entrada de la escuela. Pero si nada malo pasaba, entonces, ¿por qué cada día la niña era parecía más delgada?
Al cabo de un mes, casi al inicio de enero y ya cuando el invierno venía con días más fríos, Clara Luna comenzó con un comportamiento muy extraño, no saludaba al vigilante del club de computación y no le importaban las latas del barredor de calles. Iba corriendo hasta la escuela, tanto así que su mamá debía correr detrás de ella.
No había regaños ni reprimendas que mejoraran esa inaudita y nueva conducta. Ya casi al borde de una crisis familiar, la mamá decidió pedir permisos en su trabajo para poder vigilar de cerca a su niña. Desde entonces comenzó a sentarse frente a la escuela todos los días. Le preguntaba a cada compañerito del aula si notaban algo extraño en su pequeña hija, pero ninguno pudo aportar algo que explicara tan raras mañas.
No fue hasta una tarde de martes que la mamá de Clara Luna se le ocurrió preguntarle al niño de la tercera mesa de la derecha. Él dijo algo que fue una luz ante tal misterio.
̶¡Clara Luna cada día está más linda! ̶ comenzó a decir Teo, mientras le relampagueaban los ojos ̶ . Ya no regresa del recreo con la sonrisa manchada de pan, ni la falda con restos de refresco, y siempre vuelve tan contenta y brincando desde el balcón de los niños del primer grado. Hace dos días creo que me hizo una seña cuando la maestra me regaño por no completar la tabla del 8… Teo siguió hablando pero ya la mamá de Clara Luna había doblado el pasillo y se había lanzado a la carrera hacia el balcón del aula de los niños de primer grado.
Logró entonces ver detrás de los cubos de limpieza y unos cajones de libros viejos, a una gata negra, recostada, con nada más y nada menos que diez gaticos negros encima de una pequeña manta de dinosaurios rosas que se supo identificar de cuando apenas era una bebé su Clara Luna.
No había dudas esta vez. Los diez gaticos saludables habían estado alimentándose de las meriendas y el almuerzo de la niña. La prisa y la conducta extraña de la Clara Luna tenía cuarenta y cuatro paticas peludas y muchos bigotes.

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✨¡𝑮𝒓𝒂𝒄𝒊𝒂𝒔 𝒑𝒐𝒓 𝒍𝒆𝒆𝒓! ✨
𝑺𝒊 𝒂ú𝒏 𝒏𝒐 𝒎𝒆 𝒄𝒐𝒏𝒐𝒄𝒆𝒔: 𝒔𝒐𝒚 𝒏𝒆𝒖𝒓ó𝒍𝒐𝒈𝒂 𝒚 𝒆𝒔𝒄𝒓𝒊𝒕𝒐𝒓𝒂 𝒄𝒖𝒃𝒂𝒏𝒂, 𝒎𝒂𝒅𝒓𝒆, 𝒎𝒖𝒋𝒆𝒓 𝒚 𝒔𝒐ñ𝒂𝒅𝒐𝒓𝒂 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒏𝒄𝒐𝒏𝒕𝒓ó 𝒆𝒏 𝑯𝒊𝒗𝒆 𝒖𝒏 𝒉𝒆𝒓𝒎𝒐𝒔𝒐 𝒆𝒔𝒑𝒂𝒄𝒊𝒐 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒗𝒐𝒍𝒂𝒓.
𝑬𝒍 𝒕𝒆𝒙𝒕𝒐 𝒚 𝒍𝒂𝒔 𝒊𝒎á𝒈𝒆𝒏𝒆𝒔 𝒔𝒐𝒏 𝒅𝒆 𝒎𝒊 𝒂𝒖𝒕𝒐𝒓í𝒂, 100% 𝒉𝒖𝒎𝒂𝒏𝒐𝒔 (𝒔𝒊𝒏 𝑰𝑨).
𝑩𝒂𝒏𝒏𝒆𝒓 𝒅𝒊𝒔𝒆ñ𝒂𝒅𝒐 𝒑𝒐𝒓 𝑳𝒖𝒎𝒊𝒊.
¿𝑻𝒆 𝒈𝒖𝒔𝒕ó 𝒆𝒔𝒕𝒂 𝒑𝒖𝒃𝒍𝒊𝒄𝒂𝒄𝒊ó𝒏? 𝑽𝒐𝒕𝒂, 𝒄𝒐𝒎𝒆𝒏𝒕𝒂 𝒐 𝒓𝒆𝒃𝒍𝒐𝒈𝒖𝒆𝒂 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒂𝒚𝒖𝒅𝒂𝒓 𝒂 𝒅𝒆𝒔𝒑𝒍𝒆𝒈𝒂𝒓 𝒆𝒔𝒕𝒂𝒔 𝒂𝒍𝒂𝒔. 💛
