📖 Cuadernos de Isabel #23
Las ventanas que dan a la calle

[Fuente Pixabay
Hola querida comunidad @holos-lotus,
Hay días en que el hospital parece no tener ventanas.
No porque realmente no las tenga.
Sino porque uno pasa tantas horas caminando entre consultas, pasillos y salas que termina olvidando que, al otro lado de esas paredes blancas, la ciudad sigue existiendo.
Aquella guardia había sido especialmente intensa.
Desde temprano no dejaron de llegar pacientes.
Algunos con dolencias sencillas.
Otros con problemas que exigían toda nuestra atención.
Las horas fueron pasando sin que apenas pudiera mirar el reloj.
En uno de esos pocos momentos de calma, salí al pasillo para despejar la mente antes de recibir al siguiente paciente.
Sin pensarlo demasiado, me acerqué a una de las ventanas.
No buscaba ver nada en particular.
Solo necesitaba descansar la vista de tanto blanco.
Apoyé una mano sobre el marco y miré hacia la calle.
La ciudad seguía su curso.
Un vendedor ofrecía café a quienes pasaban.
Un ómnibus se detenía unos segundos antes de continuar su recorrido.
Una pareja discutía mientras caminaba.
Una madre llevaba de la mano a un niño que parecía más interesado en mirar las palomas que en seguir su camino.
Un hombre caminaba deprisa mirando el reloj.
Todo parecía completamente normal.
Permanecí allí apenas un minuto.
Quizás dos.
Entonces pensé en lo que ocurría justo detrás de mí.
A pocos metros de aquella ventana, una familia esperaba el resultado de unos estudios con la esperanza de escuchar una buena noticia.
En otra sala, un paciente acababa de recibir el alta y sonreía mientras abrazaba a su esposa.
Más abajo, un niño lloraba porque no quería que le pusieran una inyección.
Y en urgencias seguían entrando personas para quienes aquel día acababa de cambiar sin previo aviso.
Me llamó la atención la cercanía de esos dos mundos.
Separados apenas por un cristal.
Desde la calle nadie podía imaginar todo lo que estaba ocurriendo dentro del hospital.
Y nosotros, desde adentro, apenas alcanzábamos a recordar que la ciudad seguía respirando con absoluta normalidad.
Volví a mirar al vendedor.
Seguía ofreciendo café.
El ómnibus arrancó nuevamente.
La pareja dejó de discutir y continuó caminando en silencio.
El niño finalmente consiguió que su madre se detuviera unos segundos para mirar las palomas.
Nadie parecía saber que, a unos metros de allí, una familia contenía la respiración esperando un diagnóstico.
Y pensé que estaba bien que fuera así.
No era indiferencia.
Era la vida.
Sería imposible que todos cargáramos con el dolor de todos.
Mientras alguien atraviesa el peor día de su vida, otra persona celebra un cumpleaños.
Mientras una familia recibe una noticia que jamás olvidará, otra sale a comprar el pan como cualquier tarde.
Mientras alguien llora, alguien ríe.
Y ninguna de esas historias hace menos importante a la otra.
Quizás el mundo consigue mantenerse en equilibrio precisamente porque nunca deja de avanzar.
Cuando terminó la guardia y regresé a casa, abrí la ventana del salón para dejar entrar el aire de la noche.
Bruno saltó al alféizar con la curiosidad de siempre.
Se quedó observando la calle como si vigilara un territorio que solo él comprendía.
Yo me quedé a su lado.
Desde allí también podía ver personas caminando.
Un automóvil pasó lentamente.
Alguien paseaba a su perro.
En un balcón cercano se escuchó una carcajada.
Más lejos, una bicicleta desapareció doblando la esquina.
Pensé que, probablemente, ninguno de ellos imaginaba las historias que acababan de escribirse dentro del hospital.
Del mismo modo que yo desconocía las alegrías, las preocupaciones o las pérdidas que cada uno llevaba consigo mientras caminaba por la ciudad.
Quizás todos vivimos rodeados de ventanas.
Miramos hacia afuera creyendo que vemos el mundo entero.
Cuando en realidad solo alcanzamos a contemplar una pequeña parte de él.
Esa noche cerré el cuaderno con una idea que siguió acompañándome durante mucho tiempo.
El hospital nunca ha estado separado de la ciudad.
Solo tiene un ritmo diferente.
Afuera la vida continúa.
Adentro también.
Y ambas forman parte de la misma historia.
Gracias por acompañarme en este vigesimotercer trazo de mis Cuadernos de Isabel. Nos seguimos encontrando en esos pequeños instantes que, sin hacer ruido, terminan enseñándonos a mirar la vida desde otro lugar.
Las imágenes son de Pixabay y la traducción al inglés fue realizada con DeepL Translate.
🇺🇸 ENGLISH VERSION
📖 Isabel's Notebooks #23
The Windows Facing the Street

Source Pixabay
Hello dear @holos-lotus community,
There are days when the hospital seems to have no windows.
Not because it truly doesn't.
But because after hours of moving through consultation rooms, corridors, and wards, you almost forget that beyond those white walls, the city continues to exist.
That shift had been especially busy.
Patients kept arriving from early morning.
Some with minor complaints.
Others with conditions that demanded our full attention.
The hours passed so quickly that I barely had time to look at the clock.
During one of those rare quiet moments, I stepped into the hallway to clear my mind before seeing the next patient.
Almost without thinking, I walked over to one of the windows.
I wasn't looking for anything in particular.
I simply needed to rest my eyes from so much white.
I rested one hand on the window frame and looked outside.
The city was moving on.
A street vendor was selling coffee.
A bus stopped for a few moments before continuing its route.
A couple was arguing while walking.
A mother held her child's hand as he became distracted watching pigeons.
A man hurried by while checking his watch.
Everything looked perfectly ordinary.
I stayed there for barely a minute.
Maybe two.
Then I thought about everything happening just behind me.
Only a few meters away, one family was waiting anxiously for test results.
In another room, a patient had just been discharged and was hugging his wife.
Downstairs, a child was crying because he didn't want an injection.
And in the emergency department, more patients kept arriving, their lives suddenly changed without warning.
What struck me most was how close those two worlds were.
Separated only by a pane of glass.
From the street, no one could imagine what was happening inside the hospital.
And from inside, we often forgot that the city kept breathing as if nothing had changed.
I looked outside once again.
The coffee vendor was still there.
The bus drove away.
The couple had stopped arguing.
The little boy finally convinced his mother to pause and watch the pigeons.
No one seemed to know that only a few meters away, a family was holding its breath waiting for a diagnosis.
And I realized that perhaps it was meant to be that way.
It wasn't indifference.
It was life.
No one can carry everyone's pain.
While someone experiences the worst day of their life, someone else celebrates a birthday.
While one family receives unforgettable news, another simply goes out to buy bread.
While someone cries, someone else laughs.
Neither story makes the other less important.
Perhaps the world stays balanced because it never stops moving.
When my shift ended and I returned home, I opened the living room window to let the cool night air in.
Bruno jumped onto the windowsill, as curious as always.
He quietly watched the street below.
I stood beside him.
People were still walking.
A car passed slowly.
Someone was walking a dog.
Laughter came from a nearby balcony.
A bicycle disappeared around the corner.
I wondered how many stories each of those people carried with them.
Just as they could never imagine the stories that had unfolded inside the hospital that day.
Perhaps we all live surrounded by windows.
We look outside believing we are seeing the whole world.
When in truth, we only ever see a small part of it.
That night I closed my notebook with a thought that stayed with me long afterward.
The hospital has never been separate from the city.
It simply moves to a different rhythm.
Life goes on outside.
Life goes on inside.
And together, they are part of the same story.
Thank you for reading this twenty-third entry of Isabel's Notebooks.
The images are from Pixabay and the English translation was done with DeepL Translate.
Thanks to @bradleyarrow for supporting content on Hive.
