Publicado en Español, Inglés y Portugués.

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Buenas noches, dulces sueños.
Una linda jornada de miércoles y lo mejor para ustedes.
A pesar de todo seguimos aquí, aún cuando las preocupaciones nos abruman y se apoderan de nuestro pensamiento como parásito inmortal. No se ustedes, pero yo he pasado años cargandola como agua sucia.
Hablo de preocupaciones que eran mías y otras que no. Algunos miedos que heredé y ha sido muy difícil desprenderme de ellos. Todo eso genera ansiedades que alimentamos como si fueran mascotas.
Recuerdo un día, que un profesor de Filosofía, alguien muy carismático, me dijo:
—Doctora usted debe hacer algo así como un experimento y después me dice si le funcionó.
Su recomendación fue: "toma un vaso, bebe la mitad, di 'esto ya no me pertenece' y vacía el resto".
Recuerdo haberle dicho que eso me sonaba a autoayuda. Él sin dudarlo dijo que si, pero que el subconsciente era tan poderoso que me iba a dar cuenta de lo que podía auxiliarme en los momentos que vivía.
Lo probé y algo se quebró.
Créanme que el gesto es ridículamente simple, y quizás por eso funciona. No hay mantra místico, ni visualización de luz blanca. Solo un vaso de agua, tu voz y un desagüe. Pero cuando lo hice, reafirmé que no por gusto los rituales existen, no es porque cambien el mundo, sino porque cambian tu relación con él.
La filosofía que lleva implícita, y no por gusto vino de un filósofo, está en la mitad.
Pasaron unos días y lo volví a ver, y me explicó algo. Dice mi Profe que la primera mitad que te bebes es todo lo que ya te pasó, que incluyen las noches sin dormir, discusiones que no llevaron a nada, malas decisiones que tomaste y toda esa bruma que te envuelve. Esa agua ya es tuya, la digeriste, te nutrió, aunque supiera a cloro. Beberla es decir: "sí, esto ocurrió, no lo niego, me lo llevo dentro como experiencia".
Pero la segunda mitad... ah, esa es la trampa.
Esa segunda mitad, según mi Profe, son todas las proyecciones, lo que podría pasar, lo que seguro piensa el otro, lo que tal vez salga mal. Agua que aún no has tocado, pero que llevas tiempo cargando. Y ahí está la pregunta incómoda: ¿por qué cargamos lo que ni siquiera hemos bebido?
Segun Flores "el Profe" dice que el estoicismo llamaba a esto dikotomía del control. Los budistas, desapego. Freud, descarga. Pero en el fondo, todo se reduce a una pregunta, ¿esto depende de mí o no?
Si depende de mí, actúo. Si no, vacío.
Y bueno todo tiene una parte cruenta, la mayoría de nuestras preocupaciones no dependen de nosotros. Ni la economía, ni lo que piensa tu jefe, ni si te escribirán mañana, ni si el mundo se va a la mierda. Pero nos pasamos la vida cargando ese vaso medio lleno, como si el simple hecho de sostenerlo evitara que el agua se derrame y no lo hace, no lo evita, solo te empapa las manos.
En realidad el desagüe no es olvido. Ese es el error, vaciar el resto no significa borrar. No es "piensa positivo" ni "olvida y sigue". Es algo más radical que eso, algo así como devolver al río lo que nunca debió quedarse en tu vaso. Es reconocer que hay cosas que solo existen en tu cabeza, y que mientras no las sueltes, vivirás en una prisión de vidrio.
El agua que vacías no desaparece, hace lo que debió hacer siempre volver al ciclo integrándose. Tú solo dejas de ser su dueño.
¿Y eso no es acaso, Doctora, la definición de libertad? Me preguntó Flores "el Profe"
Y si, es una de sus definiciones. Dejar de creerte propietario de lo que te angustia, de confundir la preocupación con la responsabilidad. Porque responsable no es quien se ahoga en todo, sino quien sabe qué cargar y qué dejar ir o simplemente no cargar.
Pero ojito con esto, amigos míos, esto incomoda.
Porque si vacías el vaso, te quedas sin excusas. Sin "estoy estresado" para no actuar, sin la identidad de víctima o el refugio de la queja. Sueltas, y entonces te quedas vacía y ese vacío asusta.
Pero también es el único lugar donde puedes llenarte de otra cosa. Ya no de agua turbia, vas a llenarlo de lo que tú elijas.
La propuesta es política también, porque vivimos en una cultura que nos enseña a acumular preocupaciones como trofeos. "Ocupado" es sinónimo de importante, "agobiado" es señal de que trabajas como "ansioso" es el nuevo normal. Y mientras todos cargan sus vasos medio llenos, nadie pregunta si el agua es potable.
Este ritual es un acto de rebeldía silenciosa, en eso coincido con " el Profe"
Es decir: yo decido qué agua bebo, qué agua suelto y qué agua ni siquiera tomo.
No es egoísmo, no lo es, es simple supervivencia. Así que hoy, cuando el pecho te apriete y la mente te llene de escenarios, haz la prueba. Busca un vaso, bebe la mitad y pronuncia esas palabras: "esto ya no me pertenece". Y vacía el resto viendo cómo se va.
No cambia el mundo, pero te cambia a ti.
Y quizás, desde ahí, puedas cambiar algo más.
Te dejo la última pregunta que me hizo el Profe Flores
¿Qué vas a vaciar hoy?

ENGLISH
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Good evening, sweet dreams.
A lovely Wednesday to you all, and the best to each one of you.
Despite everything, we're still here, even when worries overwhelm us and take over our minds like an immortal parasite. Maybe not you, but I've spent years carrying them like dirty water.
I'm talking about worries that were mine and others that weren't. Fears I inherited and have found incredibly difficult to let go of. All of that generates anxieties that we feed as if they were pets.
I remember a day when a Philosophy professor, a very charismatic man, told me:
—Doctor, you should try something like an experiment and then tell me if it worked for you.
His recommendation was: "take a glass, drink half, say 'this no longer belongs to me,' and empty the rest."
I remember telling him it sounded like self-help. Without hesitation, he said yes, but that the subconscious is so powerful that I would realize how much it could help me in the moments I was living through.
I tried it, and something broke.
Believe me, the gesture is ridiculously simple, and perhaps that's why it works. There's no mystical mantra, no visualization of white light. Just a glass of water, your voice, and a drain. But when I did it, I reaffirmed that rituals exist for a reason—not because they change the world, but because they change your relationship with it.
The philosophy embedded in it—and not by chance, since it came from a philosopher—lies in the half.
A few days passed and I saw him again, and he explained something to me. My professor says that the first half you drink is everything that has already happened to you: sleepless nights, arguments that led nowhere, bad decisions you made, and all that haze that surrounds you. That water is already yours; you digested it, it nourished you, even if it tasted like chlorine. Drinking it is saying: "yes, this happened, I don't deny it, I carry it within me as experience."
But the second half... ah, that's the trap.
That second half, according to my professor, is all the projections: what could happen, what the other person surely thinks, what might go wrong. Water you haven't even touched yet, but you've been carrying for a long time. And there's the uncomfortable question: why do we carry what we haven't even drunk?
According to Flores—"the Professor"—the Stoics called it the dichotomy of control. Buddhists call it detachment. Freud called it discharge. But at the core, it all comes down to one question: does this depend on me or not?
If it depends on me, I act. If not, I empty.
And well, there's a crude side to it all: most of our worries don't depend on us. Not the economy, not what your boss thinks, not whether they'll write to you tomorrow, not whether the world goes to hell. But we spend our lives carrying that half-full glass, as if simply holding it would prevent the water from spilling—and it doesn't, it won't, it only soaks your hands.
The truth is, the drain is not forgetfulness. That's the mistake—emptying the rest doesn't mean erasing. It's not "think positive" or "forget and move on." It's something more radical than that: something like returning to the river what should never have stayed in your glass. It's recognizing that there are things that only exist in your head, and as long as you don't let them go, you'll live in a glass prison.
The water you empty doesn't disappear; it does what it was always meant to do—return to the cycle, reintegrating. You just stop being its owner.
And isn't that, Doctor, the definition of freedom? Flores—"the Professor"—asked me.
And yes, it is one of its definitions. To stop believing you're the owner of what distresses you. To stop confusing worry with responsibility. Because the responsible person isn't the one who drowns in everything, but the one who knows what to carry and what to let go—or simply not carry.
But watch out, my friends, this is uncomfortable.
Because if you empty the glass, you're left with no excuses. No "I'm stressed" to avoid acting, no victim identity, no refuge in complaint. You let go, and then you're left empty—and that emptiness scares you.
But it's also the only place where you can fill yourself with something else. No longer with murky water. You'll fill it with what you choose.
The proposal is also political, because we live in a culture that teaches us to accumulate worries like trophies. "Busy" is synonymous with important, "overwhelmed" is a sign that you work hard, and "anxious" is the new normal. And while everyone carries their half-full glasses, no one asks if the water is drinkable.
This ritual is an act of silent rebellion—on that, I agree with "the Professor."
That is: I decide what water I drink, what water I release, and what water I don't even take.
It's not selfishness, it's not—it's simple survival. So today, when your chest tightens and your mind fills with scenarios, try it. Find a glass, drink half, and say those words: "this no longer belongs to me." And empty the rest, watching it go.
It doesn't change the world, but it changes you.
And perhaps, from there, you can change something more.
I leave you with the last question Professor Flores asked me:
What will you empty today?

PORTUGUÊS
Editado no PhotoCollage
Boa noite, bons sonhos.
Uma linda quarta-feira para vocês e o melhor para cada um.
Apesar de tudo, seguimos aqui, mesmo quando as preocupações nos oprimem e tomam conta da nossa mente como um parasita imortal. Talvez não vocês, mas eu passei anos carregando-as como água suja.
Falo de preocupações que eram minhas e outras que não eram. Medos que herdei e que têm sido muito difíceis de me desprender. Tudo isso gera ansiedades que alimentamos como se fossem bichinhos de estimação.
Lembro-me de um dia em que um professor de Filosofia, um cara muito carismático, me disse:
— Doutora, você deve fazer algo como um experimento e depois me dizer se funcionou.
A recomendação dele foi: "pegue um copo, beba metade, diga 'isso já não me pertence' e esvazie o resto."
Lembro-me de ter dito que isso soava como autoajuda. Ele, sem hesitar, disse que sim, mas que o subconsciente é tão poderoso que eu perceberia o quanto poderia me ajudar nos momentos que estava vivendo.
Eu tentei e algo se quebrou.
Acreditem, o gesto é ridiculamente simples, e talvez por isso funcione. Não há mantra místico, nem visualização de luz branca. Apenas um copo de água, sua voz e um ralo. Mas quando o fiz, reafirmei que os rituais existem por um motivo—não porque mudam o mundo, mas porque mudam sua relação com ele.
A filosofia que ele carrega—e não por acaso, já que veio de um filósofo—está na metade.
Passaram-se alguns dias e eu o vi novamente, e ele me explicou algo. Meu professor diz que a primeira metade que você bebe é tudo o que já aconteceu com você: noites sem dormir, discussões que não levaram a nada, más decisões que você tomou e toda aquela névoa que te envolve. Essa água já é sua; você a digeriu, ela te nutriu, mesmo que tivesse gosto de cloro. Bebê-la é dizer: "sim, isso aconteceu, não nego, carrego isso dentro de mim como experiência."
Mas a segunda metade... ah, essa é a armadilha.
Essa segunda metade, segundo meu professor, são todas as projeções: o que poderia acontecer, o que o outro certamente pensa, o que talvez dê errado. Água que você ainda nem tocou, mas que está carregando há tempo. E aí vem a pergunta incômoda: por que carregamos o que nem sequer bebemos?
Segundo Flores—"o Professor"—os estoicos chamavam isso de dicotomia do controle. Os budistas chamam de desapego. Freud chamava de descarga. Mas no fundo, tudo se resume a uma pergunta: isso depende de mim ou não?
Se depende de mim, eu ajo. Se não, eu esvazio.
E bem, há um lado cruel nisso tudo: a maioria das nossas preocupações não depende de nós. Nem a economia, nem o que seu chefe pensa, nem se vão te escrever amanhã, nem se o mundo vai pro inferno. Mas passamos a vida carregando aquele copo meio cheio, como se o simples fato de segurá-lo evitasse que a água se derramasse—e não evita, não adianta, só molha suas mãos.
A verdade é que o ralo não é esquecimento. Esse é o erro—esvaziar o resto não significa apagar. Não é "pense positivo" nem "esqueça e siga em frente." É algo mais radical que isso: algo como devolver ao rio o que nunca deveria ter ficado no seu copo. É reconhecer que há coisas que só existem na sua cabeça, e enquanto você não as soltar, viverá numa prisão de vidro.
A água que você esvazia não desaparece; ela faz o que sempre deveria fazer—volta ao ciclo, se reintegrando. Você só deixa de ser o dono dela.
E isso não é, Doutora, a definição de liberdade? Flores—"o Professor"—me perguntou.
E sim, é uma das definições. Deixar de acreditar que você é dono do que te angustia. Deixar de confundir preocupação com responsabilidade. Porque responsável não é quem se afoga em tudo, mas quem sabe o que carregar e o que deixar ir—ou simplesmente não carregar.
Mas cuidado com isso, meus amigos, isso incomoda.
Porque se você esvazia o copo, fica sem desculpas. Sem "estou estressado" para não agir, sem a identidade de vítima, sem o refúgio da reclamação. Você solta, e então fica vazio—e esse vazio assusta.
Mas também é o único lugar onde você pode se encher de outra coisa. Já não de água turva. Você vai encher com o que escolher.
A proposta também é política, porque vivemos numa cultura que nos ensina a acumular preocupações como troféus. "Ocupado" é sinônimo de importante, "sobrecarregado" é sinal de que você trabalha, e "ansioso" é o novo normal. E enquanto todos carregam seus copos meio cheios, ninguém pergunta se a água é potável.
Este ritual é um ato de rebelião silenciosa—nisso, concordo com "o Professor."
Ou seja: eu decido que água bebo, que água solto e que água nem sequer tomo.
Não é egoísmo, não é—é simples sobrevivência. Então hoje, quando o peito apertar e a mente se encher de cenários, faça o teste. Pegue um copo, beba metade e pronuncie essas palavras: "isso já não me pertence." E esvazie o resto, vendo-o ir embora.
Não muda o mundo, mas muda você.
E talvez, a partir daí, você possa mudar algo mais.
Deixo com vocês a última pergunta que o Professor Flores me fez:
O que você vai esvaziar hoje?



