Ingeniería criolla…
Miren bien esa foto que compartió @lanzjoseg en su iniciativa semanal. Lo que ves ahí no es un simple juguete; es un rifle artesanal, tallado con esa paciencia del que sabe que, si no le echa pichón a la mano de obra, no se divierte —qué tiempos aquellos—. Esa madera tiene un tono rústico, de seguro lijada con un pedazo de vidrio o una piedra que uno se encontraba por ahí. Y fíjense en las ligas amarillas (elásticas), las famosas “tripas de pollo” —solo quienes vivimos en esa época lo sabemos—, ahí están… tensas y listas para el combate. Ese aparato es el tatarabuelo de cualquier Call of Duty, pero con una diferencia clave…, este pesaba, olía a madera y tenía el eco de la calle.
Ubíquense por un momento en 1965. Olvídate del WhatsApp, de YouTube y de las luces LED. En aquel entonces, nuestro “internet” era la esquina de la cuadra. Ahí era donde se armaba el bochinche con la pandilla del barrio.
Cuando me quedo viendo esa imagen, el brillo del celular se me apaga y me transporta a una luz más cálida, más polvorienta… ese sol de los sesenta, filtrándose entre los árboles del patio. Es que yo no veo solo un trozo de palo con ligas; veo el fusil reglamentario de mis propias leyendas. Una pieza de ingeniería criolla que hoy, en plena era del silicio, parecería un perol de museo, pero que para nosotros era la llave maestra de la libertad.

Imagen prompt de la iniciativa, cortesía de @lanzjoseg.
Me acuerdo clarito del tacto de esa madera ruda, a medio pulir, que todavía olía a aserrín fresco y al sudor de mis manos. En esa época, la diversión no venía en cajas de plástico brillante; uno se la ganaba con paciencia. Pasábamos tardes enteras buscando el madero perfecto, ese que tuviera la curva exacta para que calzara en el hombro, como si el árbol hubiese crecido esperando ser nuestro fusil. Le dábamos forma con un cuchillo de cocina todo desgastado. ¡Qué orgullo sentíamos cuando de un pedazo de desecho salía semejante trabuco!
Nuestro arsenal eran puras chapas que rescatábamos del piso, ahí frente a la bodega o después de que los viejos terminaban una fiesta. Las chapas de la Coca-Cola o de la Pepsi eran oro puro. Todavía puedo sentir el tintineo metálico en los bolsillos del pantalón caqui.
En ese tiempo, el mundo no se resumía a una pantallita de cinco pulgadas. Nuestra resolución no era en píxeles, sino en qué tan rápido podíamos correr antes de que nos pegaran un guamazo. No había algoritmos decidiendo qué jugar; nosotros éramos los guionistas, los actores y hasta los directores de una película épica que duraba hasta que el último rayo de sol nos obligaba a meternos a la casa. El “tira chapa” era una extensión del brazo y de las ganas de joder. Ese chasquido seco de la liga al soltarse era el único efecto de sonido que necesitábamos para saber que la cosa estaba buena.
… Vuelvo al presente y me da como una pesar ver la soledad silenciosa de los chamos de ahora, pegados a esos aparatos, aislados con audífonos que les cancelan el ruido de la vida. Nosotros, en cambio, estábamos conectados de verdad…, por el grito, por la risa y por la complicidad de haber fabricado, entre todos, nuestros propios juguetes. Hermosos momentos que, ¡quizá!, no volverán…
Bienvenidos todos a esta, mi participación de la semana en el TopFiveFamily. Si es de tu agrado participar, aún estás a tiempo. Este es el enlace [Observa⇾Piensa⇉Escribe](Concurso Observa Piensa Escribe: Una imagen, una historia, mil formas de interpretación…). Recuerda cumplir las reglas…

Portada de la iniciativa.
Dedicado a todos aquellos escribas que contribuyen, día a día, a hacer de nuestro planeta, un mundo mejor






