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Un atajo por la sabana
Aquí estoy, sentado frente a la computadora en Ontario, viendo cómo la nieve allá afuera, insiste en vestir de blanco un paisaje que, aunque bonito, a veces se siente ajeno, como prestado. Pero entonces, ¡zas!, aparece esa foto de @lanzjoseg en HIVE y, sin pedir permiso, me arranca de este invierno canadiense y me zumba directo al asiento del copiloto de ese carro gris.
De golpe, el termostato de mi alma cambia. Ya no siento la calefacción central, sino ese “vaporón” sabroso que sube del asfalto caliente y se mezcla con la tierra. Esa imagen me transporta como una máquina del tiempo. Veo el capó del carro y sé exactamente dónde estoy: en un camellón cualquiera de mi llano querido.

Imagen prompt de la iniciativa, cortesía de @lanzjoseg.
Miren esa carretera, mi gente. No es una autopista perfecta de las de acá; es un camino de tierra, con sus “señores huecos” y esos charcos que quedaron del último “palo de agua”. Uno sabe que hay que manejar con cuidadito, esquivando la tronera para no fregar el tren delantero, mientras se va “chinchorreando” el carro. Y allá adelante, los dueños de la vía: esos mautes blancos y esa vaca lechera que te miran con una paz envidiable, como diciendo: “Epa, chamo, bájale dos, que aquí el apuro se quedó en la ciudad”.
Cierro los ojos un segundo y te juro que me llega el olor a “tierra mojada”, ese aroma a petricor que solo levanta la llovizna llanera cuando besa el polvo seco. Escucho el canto de los pajaritos, el crujir de la paja seca a los lados del camino y ese silencio inmenso que solo rompe el mugido lejano de algún toro padrote.
Ese cielo “encapotado”, con esas nubes grises y blancas batallando, me dice que en cualquier momento se desgaja el aguacero otra vez. Pero no importa, porque uno va en su nave, rodando, sintiendo que el llano es infinito. Qué vaina tan buena es ver esos árboles frondosos al fondo, seguro algún samán o un carocaro dando esa sombra que es bendita a mediodía.
Me provoca gritarles desde aquí: “¡Arre, ganado!”, y bajarme a espantarlos para seguir el rumbo, tal vez hacia un fundo donde me espere un café cerrero o un guarapo e’ caña bien frío.
Abro los ojos y sigo en Canadá, el café en mi taza ya está tibio, pero el corazón me quedó “alborotao”, latiendo fuerte con un guayabo que no es tristeza, sino puro orgullo. Esa foto para mí es más que solo un paisaje, es un pedacito de vida que me recuerda que, aunque los pies los tenga en la nieve, el alma siempre la tendré caminando en alpargatas por esos caminos de tierra de mi Venezuela.
Aquí estoy, sentado frente a la computadora en Ontario, viendo cómo la nieve allá afuera, insiste en vestir de blanco un paisaje que, aunque bonito, a veces se siente ajeno, como prestado. Pero entonces, ¡zas!, aparece esa foto de @lanzjoseg en HIVE y, sin pedir permiso, me arranca de este invierno canadiense y me zumba directo al asiento del copiloto de ese carro gris.
De golpe, el termostato de mi alma cambia. Ya no siento la calefacción central, sino ese “vaporón” sabroso que sube del asfalto caliente y se mezcla con la tierra. Esa imagen me transporta como una máquina del tiempo. Veo el capó del carro y sé exactamente dónde estoy: en un camellón cualquiera de mi llano querido.

Imagen prompt de la iniciativa, cortesía de @lanzjoseg.
Miren esa carretera, mi gente. No es una autopista perfecta de las de acá; es un camino de tierra, con sus “señores huecos” y esos charcos que quedaron del último “palo de agua”. Uno sabe que hay que manejar con cuidadito, esquivando la tronera para no fregar el tren delantero, mientras se va “chinchorreando” el carro. Y allá adelante, los dueños de la vía: esos mautes blancos y esa vaca lechera que te miran con una paz envidiable, como diciendo: “Epa, chamo, bájale dos, que aquí el apuro se quedó en la ciudad”.
Cierro los ojos un segundo y te juro que me llega el olor a “tierra mojada”, ese aroma a petricor que solo levanta la llovizna llanera cuando besa el polvo seco. Escucho el canto de los pajaritos, el crujir de la paja seca a los lados del camino y ese silencio inmenso que solo rompe el mugido lejano de algún toro padrote.
Ese cielo “encapotado”, con esas nubes grises y blancas batallando, me dice que en cualquier momento se desgaja el aguacero otra vez. Pero no importa, porque uno va en su nave, rodando, sintiendo que el llano es infinito. Qué vaina tan buena es ver esos árboles frondosos al fondo, seguro algún samán o un carocaro dando esa sombra que es bendita a mediodía.
Me provoca gritarles desde aquí: “¡Arre, ganado!”, y bajarme a espantarlos para seguir el rumbo, tal vez hacia un fundo donde me espere un café cerrero o un guarapo e’ caña bien frío.
Abro los ojos y sigo en Canadá, el café en mi taza ya está tibio, pero el corazón me quedó “alborotao”, latiendo fuerte con un guayabo que no es tristeza, sino puro orgullo. Esa foto para mí es más que solo un paisaje, es un pedacito de vida que me recuerda que, aunque los pies los tenga en la nieve, el alma siempre la tendré caminando en alpargatas por esos caminos de tierra de mi Venezuela.
Bienvenidos todos a esta, mi participación de la semana en el TopFiveFamily. Si es de tu agrado participar, aún estás a tiempo. Este es el enlace Observa⇾Piensa⇉Escribe. Recuerda cumplir las reglas…

Portada de la iniciativa.
Dedicado a todos aquellos escribas que contribuyen, día a día, a hacer de nuestro planeta, un mundo mejor.


A shortcut through the savanna
Here I am, sitting in front of my computer in Ontario, watching the snow outside insist on covering the landscape in white. Although beautiful, it sometimes feels foreign, like something borrowed. But then, boom! That photo by @lanzjoseg appears on HIVE and, without asking permission, pulls me out of this Canadian winter and whisks me straight to the passenger seat of that grey car.
Suddenly, the thermostat of my soul changes. I no longer feel the central heating, but that delicious ‘steam’ rising from the hot asphalt and mixing with the earth. That image transports me like a time machine. I see the bonnet of the car and I know exactly where I am: on any median strip of my beloved plain.

Prompt image of the initiative, courtesy of @lanzjoseg.
Look at that road, my friends. It's not a perfect motorway like the ones here; it's a dirt road, with its potholes and puddles left over from the last downpour. You know you have to drive carefully, dodging the potholes so as not to damage the front end, while the car rattles along. And up ahead, the owners of the road: those white horses and that dairy cow that look at you with enviable peace, as if to say, ‘Hey, mate, slow down, the rush stayed in the city.’
I close my eyes for a second and I swear I can smell the ‘wet earth’, that aroma of petrichor that only the plains drizzle brings when it kisses the dry dust. I hear the birds singing, the rustling of dry straw on the sides of the road and that immense silence that is only broken by the mooing of cows.
Welcome everyone to this week's TopFiveFamily entry. If you'd like to participate, there's still time to do so. Here's the link: Observe⇾Think⇉Write. Remember to follow the rules…

Initiative cover.
Here I am, sitting in front of my computer in Ontario, watching the snow outside insist on covering the landscape in white. Although beautiful, it sometimes feels foreign, like something borrowed. But then, boom! That photo by @lanzjoseg appears on HIVE and, without asking permission, pulls me out of this Canadian winter and whisks me straight to the passenger seat of that grey car.
Suddenly, the thermostat of my soul changes. I no longer feel the central heating, but that delicious ‘steam’ rising from the hot asphalt and mixing with the earth. That image transports me like a time machine. I see the bonnet of the car and I know exactly where I am: on any median strip of my beloved plain.

Prompt image of the initiative, courtesy of @lanzjoseg.
Look at that road, my friends. It's not a perfect motorway like the ones here; it's a dirt road, with its potholes and puddles left over from the last downpour. You know you have to drive carefully, dodging the potholes so as not to damage the front end, while the car rattles along. And up ahead, the owners of the road: those white horses and that dairy cow that look at you with enviable peace, as if to say, ‘Hey, mate, slow down, the rush stayed in the city.’
I close my eyes for a second and I swear I can smell the ‘wet earth’, that aroma of petrichor that only the plains drizzle brings when it kisses the dry dust. I hear the birds singing, the rustling of dry straw on the sides of the road and that immense silence that is only broken by the mooing of cows.
Welcome everyone to this week's TopFiveFamily entry. If you'd like to participate, there's still time to do so. Here's the link: Observe⇾Think⇉Write. Remember to follow the rules…

Initiative cover.
I am dedicated to all those who contribute daily to make our planet ɑ a better world.





