Mi voz y su vocación de kamikaze
no pierde la oportunidad de saltar sin mirar a dónde ni cuándo,
sin saber si da pie en lo profundo de tus oído.
Quisiera ser como mi voz,
aunque no me gusta la gravedad
(cualquiera de ellas, ninguna me gusta).
Mi voz, cual poderoso ouroboros, nace y muere sin cenizas en la frente,
por eso mi voz no sufre de la oscura enfermedad del miedo,
y vuela libre hacia el vacío,
con el hambre más áspera de llenarlo de palabras.
Era una época de olvidos y extravíos de los sentidos,
cuando iba la palabra perdiéndose en un extraño oído
a la deriva de lo que somos y olvidamos...

