Desde la pared (cuento corto)

in Literatoslast month

A Oscar Wilde

…era inútil, algo extraño le pasaba.
Trató de buscar apoyo pero ella esta estaba ausente, su cuerpo estaba sobre la silla, sentado, y muy correctamente, por cierto, pero ningún signo de vida en sus ojos.

Como agua para chocolate
Laura Esquivel


fuente

Aldo compró el retrato al regresar de sus vacaciones en Londres. Una venta de jardín en la calle Rowland atrajo su atención. La señora Morelli lo tenía apartado de los demás artículos. “Es que nunca se vende, nadie quiere algo tan feo. Además mi hijo… ya no puede verlo más”, le dijo cuando él preguntó por el cuadro. En realidad era feo, o mejor dicho: hasta morboso. “¿A quién se le ocurriría pintar a un muerto que pudiera posar?” Pensó al admirarlo por primera vez así de cerca. Sin embargo, a Aldo ese tipo de cosas le gustaban y, como aún no había comprado ningún recuerdo de aquel viaje a Inglaterra, pagó el bajo precio que le pidieron por él y se lo llevó a casa.

Luego de desempacar, ya en casa, colgó la pintura en su estudio. Estuvo tentado a colocarla en la sala, pero creyó que no todo el mundo disfrutaría de ver el retrato de un muerto. Por muy bien que posara. Se sentó frente a la obra comprada, quería mirarla con detenimiento. El cuadro era raro en verdad; no obstante, valía cada centavo invertido. Aldo, en sus cincuenta años, nunca había visto uno como aquel. Además de la extraña imagen en el lienzo, tenía un marco de metal, viejo, laboriosamente trabajado y de inmenso peso. No obstante, por muy rara que fuera la pintura, a Aldo le gustó cada vez más.
Siempre le pareció relajante disfrutar de una buena obra como aquella. Se acercó al pie del retrato para ver quién era su autor –si era que tenía, hasta el momento no se lo había preguntado-: BM eran las iniciales. BM… En sus años como crítico de arte, no recordaba haber escuchado de algún pintor que tuviera esa firma. Aunque eso no era importante, lo que realmente valía era la maravillosa obra delante de él. Desde su llegada, Aldo estuvo varias horas a diario observando el cuadro, detallándolo. Al cabo de los días, llegó a familiarizarse tanto con su adquisición, a sentirse tan identificado con la obra, que comenzó a parecerle que los rasgos del difunto eran extraordinariamente parecidos a los suyos. Incluso, los ojos que creyó eran azules, no lo eran. Al menos no completamente. El sujeto del lienzo los tenía de un tono, que con determinadas luces, lucían casi pardos, igual que los suyos.
El día de su cumpleaños, Aldo invitó a sus amistades y colegas del trabajo, para un pequeño festejo en su casa. Sus amigos lo alabaron con frases como “el clima de Londres te asentó muy bien” “¿estás seguro que son 51 y no menos?” “estás rejuvenecido, ese país hace maravillas” junto a otras frases halagadoras parecidas. Y es que él se sentía así. Realmente hasta se notaba con más vitalidad y vigor desde su regreso.
Esa noche bebió de más. Luego de despedir a sus amistades se sentó, frente al que en su embriaguez llamó “su retrato”, con el propósito de pasar ahí la noche y no tener que subir las escaleras. Sin embargo, en menos de dos horas el malestar de la bebida desapareció por completo. Se maravilló de lo bien que se sentía cada vez que se paraba delante de la pintura. Creyó que aquella pieza de arte tenía el poder de calar profundo en su ser y manifestar lo mejor de sí.
Con el tiempo comenzó a obsesionarse cada vez más con aquella obra. No la quiso compartir con nadie o siquiera alejarse de ella. Pero tampoco llevársela al trabajo. A las horas de estar sentado en su puesto en el periódico, le comenzaron a aparecer diversos problemas de salud que él describió como un malestar general en todo el cuerpo. Eso les decía a sus compañeros de oficina.
Simplemente sufría la atracción que el cuadro comenzaba a ejercer sobre él. Tal fue su obsesión que, para que no se lo robaran, luego de regresar de su oficina, hizo un nicho en la pared de su casa y empotró el cuadro en ella. Tomó cuantas medidas de seguridad que su paranoia le indicó eran necesarias. Tal fue el esmero empleado que, al terminar los arreglos, resultó imposible sacar el retrato de sin destrozar toda la pared o a la pintura en sí. Decidió no alejarse de ella. Comenzó a dormir en el estudio y realizar sus necesidades en el estrecho baño que había en él. Tan pequeño que ni espejo tenía. Construyó una improvisada cocina y la colocó al lado del refrigerador. Ambos, en un rincón de la habitación: bien alejados del cuadro.
Todas las preocupaciones y malestares de Aldo desaparecían cuando se paraba delante del lienzo, el que cada jornada consideró cada vez más cercano y semejante a él. Decidió entonces dejar de ir a su trabajo, y enviar las críticas y artículos desde su casa por correo. Así no tendría que abandonar a “su retrato”.
Las semanas pasaron. Durante esos los días, como si fuera un médico forense, reconoció detenidamente cada aspecto de la pintura. En cada examen encontraba detalles nuevos y que le habían parecido diferentes en el anterior. A veces completamente nuevos para él. Como si se transformara constantemente. Aquella era una obra maestra perfecta en todo sentido y él se sentía orgulloso de haberla descubierto.
La misma imagen del cadáver fue realizada de tal manera que parecía estar vivo. Cuando Aldo lo miraba, era cómo si también él fuera observado. Era una sensación de paz un poco extraña. Comenzó a sentir que era seguido con la mirada incluso mientras se disponía a dormir en la pequeña cama del estudio. Se sentía observado a través de las sábanas con que se tapaba. Esto dio lugar a que iniciara conversaciones con el cuadro, sobre el clima, las noticias o arte. En ocasiones sobre detalles y curiosidades de Londres, para que el muerto se mantuviera al tanto de lo que ocurría en su tierra natal. Otras veces le relataba anécdotas que le venían a la mente, y que dejaba incompletas al no recordar bien si fue algo que hizo él o memorias insertadas en su mente. Como no estaba seguro, dejó de relatarlas; mas no dejó de hablarle. Siempre en espera que en cualquier momento el dibujado en el lienzo le respondiera.
Solo detenía la plática, momentáneamente, para preparar las comidas o atender por teléfono a sus compañeros de trabajo. Uno de ellos, Paul, que llegó de Suiza luego de siete años de trabajo; se ofreció en llevarle la correspondencia personal que Aldo dejó en la oficina.
Paul se demoró en encontrar la dirección. Era la primera vez que visitaba a Aldo desde su regreso y en ese barrio todas las viviendas le resultaban parecidas. Luego de tocar la puerta, no reconoció la persona que atendió a su llamado. Le abrió un muchacho nunca antes visto por sus ojos. Los rasgos eran parecidos a los de Aldo, aunque más joven. Pensó al inicio en un hijo o familiar, pero recordó que su amigo no tenía a nadie cercano.
—Buenos días, ¿es esta la casa de Aldo?
—¿Qué pasa, Paul, ya no te acuerdas de mí?
—¿Aldo? —preguntó Paul al desconocido—. Imposible.
—Deja ya el juego. Pasa, que solo has estado fuera siete años. ¿De verdad no me recuerdas? ¿Tanto he cambiado?
—Todo lo contrario, parece que no hubieras envejecido en absoluto. Te ves de maravillas. Toma —y le entregó su correspondencia—, esto es lo que tenías en la oficina. ¿Cuándo regresarás?
Aldo se justificó con ficticios problemas de salud. Paul tenía su taxi a la espera para llevarlo a su hotel, no sin antes dejarle sus datos para que lo contactara al recuperarse.
Regresó a su asiento frente al cuadro, y se puso a pensar en el tiempo que hacía que no abandonaba de aquellas cuatro paredes. Eso y que había sido descortés con su viejo amigo, que había querido verlo y de paso ponerse al día luego de los años de lejanía. No lo pensó más, tomó su abrigo las llaves, algo de dinero y llamó un taxi.
Ya en la calle se subió al vehículo que lo esperaba y se dirigió al hotel. Este distaba a varios kilómetros de su casa, así que el viaje le tomó algún tiempo. Una vez en el hotel preguntó en carpeta por su amigo y le dijeron que no había regresado; luego lo invitaron, si así deseaba, a esperar por él en el lobby.
Accedió de buena gana debido a que aquel hotel le resultaba increíblemente familiar y cómodo. Tuvo la sensación de haber estado hospedado alguna vez ahí. Pero no era así. Compartió sus pensamientos con la recepcionista y esta le dijo que el diseño del edificio era idéntico al de otro hotel en Londres. Eso debió ser. Solo entonces Aldo recordó vagamente haber estado en su homólogo europeo. Los recuerdos de su estancia eran bastantes difusos. Casi como si no fueran de él. Se sentó a esperar nuevamente en uno de los cómodos sillones, hasta que, al mirar una de las pinturas del hotel, recordó su cuadro. De repente sintió un opresor nudo en su pecho. Aquello fue suficiente para que regresara a casa. Se justificó con su amigo en carpeta diciendo que Paul regresaría el sábado.
En el viaje de vuelta retomaron la función los malestares. “Ya estoy muy viejo para estar saliendo tanto tiempo de casa”, pensaba al entrar a su hogar y fue directo a su estudio en busca del lienzo. Ahí estaba él. En su pared. Tan muerto y tan vivo al mismo tiempo. Lo miró cansado. Aldo sentía a veces como si se estuviera viendo él mismo desde el retrato, como si en vez de lienzo fuera un espejo. Se tiró en el sillón a relajarse y se durmió. Al rato despertó más fresco y sin los dolores que le castigaban siempre que se alejaba de su casa y que él le atribuía a la vejez y al frío del exterior.
Solo necesitaba una ducha; no existía nada que una ducha caliente no arreglara, sobre todo ese día tan invernal. Mas este deseo solo era realizable en el baño del segundo piso. En el del estudio no había gas para calentar el agua. Subió las escaleras hasta su cuarto, para recoger una toalla y ropa limpia antes de dirigirse a tomar esa ducha tan necesaria. “¡Oh, Dios, ¿qué es esto?!” Se dijo Aldo cuando pasó frente al espejo y se vio. No logró comprender lo visto por sus ojos, si es que lo eran. Por más que se tocaba no creía que fuera él mismo el reflejado en el espejo. No reconoció su rostro, ni el invertido largo de su pelo, y sus ojos. Lo más impresionante era aquel color azul que tanto deseaba haber tenido en el pasado, pero en aquel momento solo le provocó terror. Tiró la toalla al suelo y bajó corriendo desesperado a su estudio. Revisó viejas fotos para cerciorarse que el rostro de sus memorias no era aquel del espejo.
Como en efecto comprobó.
Toda su paz mental se trastornó por completo. Aun cuando una parte de su ser no sentía estarlo, principalmente al ver la imagen del retrato. En ese momento entendió por qué continuaba viéndose él mismo en el cadáver. Resultaba que las fotos se asemejaban más al cuadro que a él mismo. Otro motivo de preocupación era la penetrante mirada que le dirigía el muerto desde la pintura.
Lo más urgente para él era averiguar que sucedía. De una manera muy clara le vino a la mente el teléfono de la señora Morelli junto a otros recuerdos de allá en Londres. Tenía que hablar con ella, que era, si no la única, al menos alguien que alumbrar alguna luz a lo que le sucedía. Cogió el teléfono y llamó varias veces pero nadie respondió la llamada. Marcó luego otro número, aparentemente al azar, de los diferentes que recordaba de Londres y volvió a llamar.
—Hola —se escuchó al otro lado.
—Hola, estoy tratando de localizar a la señora Morelli.
—Basil, hijo mío ¿ya eres tú? Qué bueno escuchar tu voz de nuevo.
—¿Basil? No, mamá, disculpe… señora, es Aldo Montenegro, el que le compró el retrato en su venta de jardín, ¿recuerda?
Lo siguiente que escuchó fue el tono de fin de la llamada.
Por más que intentó varias veces, nadie volvió a contestarle. Marcó entonces a cuantos teléfonos le vinieron a la mente, sin saber cuáles eran sus dueños, aunque extrañamente le resultaban muy familiares. Su mente se encontraba tan confusa que no sabía cuáles eran de amistades suyas y cuáles no. Se percató que no podía fiarse ni siquiera de sus memorias.
Una lluvia de recuerdos prestados comenzaron a inundarle su mente. Colgó el teléfono y se giró hacia el cuadro. El cadáver del retrato lo miraba retador y él se respondió a la provocación.
En contra de muchos de sus instintos –si es que lo eran-, agarró una cuchilla de su escritorio y se dirigió hacia la pintura para extraerla de su marco. Cortó y cortó a lo largo de la tela, pero antes que terminara de cortar por un lado, los hilos comenzaron a entrelazarse y unir al lienzo nuevamente. Ya Aldo se encontraba colérico, y su rival lo miró de la misma forma. Eso lo molestaba aún más. Comenzó a lanzar con toda su fuerza cortes tras cortes sobre el rostro y cuerpo del retrato, haciendo saltar chispazos al chocar la cuchilla contra el fondo metálico del marco. Tras media hora, extenuado por el esfuerzo de la lucha desigual, se dejó caer en el suelo. Se convenció a sí mismo de descansar un rato. Observó antes de cerrar los ojos, como la pintura se recomponía nuevamente de los tajos infligidos en el lienzo, haciendo reaparecer la imagen del hombre muerto sobre él.
Aldo se durmió.

Despertó con el sonido de los toques en la puerta. Se puso en pie y se ajustó la ropa. Procuró no mirar al cuadro otra vez y se fue a atender el llamado.
—Señor, dejaron una carta para el señor Aldo Montenegro —le dijo Martha, la joven vecina de al lado, mientras le sonreía.
—Gracias, yo se la doy. Buenos días.
Cogió la carta y se dirigió al estudio a buscar con qué abrirlas.
Aldo, sin poder hacer nada, miraba desde la pared cómo aquel muchacho de ojos azules abría su correspondencia en el escritorio.

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Magnífico cuento en homenaje a Oscar Wilde, en estrecha relación intertextual con El retrato de Dorian Gray. Saludos, @abelarte.

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